La página sigue abierta.
No recuerdo haberla dejado así.
Eso es lo primero que me incomoda.
No el contenido.
Sino no recordar el gesto más simple.
Cerrar.
—
No debería estar aquí otra vez.
Lo pienso mientras ya estoy dentro.
Eso es lo más extraño.
La decisión no llega antes.
Llega después.
Como si solo estuviera confirmando algo que ya ocurrió sin mí.
—
Vuelvo para comprobar.
No para leer.
Eso me lo digo muy despacio, como si ayudara.
Comprobar.
Solo eso.
Pero cada comprobación deja una pequeña diferencia.
Una mínima.
Casi ridícula.
Y aun así suficiente.
—
El aire del cuarto parece más seco.
No sé si lo es.
Solo lo noto ahora.
Eso también me da vergüenza.
Notar cosas demasiado tarde.
O demasiado seguido.
—
Hay polvo en el borde del teclado.
No estaba antes.
Creo.
Paso el dedo una vez.
Luego otra.
No lo estaba haciendo para limpiar.
Lo estaba haciendo para ver si cambiaba.
—
“No debería volver a esto.”
Lo escribo mentalmente.
Pero ya no suena como una advertencia.
Suena como una frase que se repite sola.
Sin mí.
—
Cierro la pestaña.
La abro otra vez.
Solo para ver si realmente la cerré.
Y en ese punto la duda ya no es técnica.
Es personal.
—
No sé en qué momento empecé a volver antes de decidirlo.
Esa es la parte que no puedo sostener mucho tiempo.
Porque si eso es verdad, entonces no soy yo quien inicia el gesto.
Solo lo alcanzo tarde.
—
La pantalla está quieta.
Demasiado quieta.
Eso tampoco debería importar.
Pero importa.
—
La mano está sobre el ratón antes de que lo piense.
No hay decisión clara.
Solo continuidad.
—
Y lo peor es esto:
ya no sé si estoy comprobando la página.
O si la página está comprobando si yo sigo siendo alguien que vuelve.
No debería estar escribiendo esto.
No porque sea incorrecto.
Sino porque al escribirlo siento que me estoy delatando.
La primera cosa que falla no es el sistema.
Soy yo intentando explicarlo sin que parezca mío.
Digo “el mordisco”.
Pero lo digo como si no hubiera estado ahí.
Como si alguien más hubiera ocupado mi lugar en ese momento.
Y lo peor es que esa distancia no es falsa.
Es lo único estable.
Recuerdo la presión.
Pero no como recuerdo algo que ocurrió.
Sino como si mi cuerpo la hubiera entendido antes que yo.
Y ahora tengo que seguirle la pista a ese cuerpo.
Hay una parte de mí que quiere corregir lo que estoy diciendo.
No por precisión.
Por vergüenza.
La mandíbula no es lo importante.
Lo importante es que sigo reaccionando a ella incluso cuando no está.
Y eso ya no sé si es recuerdo o hábito.
Es extraño intentar escribir algo en lo que yo mismo no soy del todo sujeto.
A veces siento que la frase “yo lo viví” no encaja.
Debería decir: “algo en mí lo registró”.
Pero incluso eso suena demasiado claro.
La imagen no es la del mordisco.
Es la de mí intentando no pensar en él.
Y fracasando de una forma muy silenciosa.
Hay momentos en los que me detengo al escribir.
No porque no sepa qué sigue.
Sino porque sé lo que estoy a punto de admitir.
La peor parte no es el dolor.
Es la forma en que mi memoria lo organiza sin preguntarme.
Como si yo no fuera el editor.
Solo el lugar donde se guarda.
El cuello no es una escena.
Es una frase que sigue apareciendo aunque intente cambiar de tema.
Y cada vez que aparece, me pregunto si lo estoy recordando o reproduciendo.
Empiezo a sospechar que no estoy describiendo un sistema.
Estoy describiendo una versión de mí que acepta ese sistema.
Y eso es lo que me incomoda.
Porque si eso es cierto, entonces no hay distancia.
Solo variaciones de consentimiento que no recuerdo haber dado.
No hay cierre.
Solo este intento de escribirlo sin que parezca una confesión.
Tengo que mover el cuello…