Cada vez que intento entenderlo ocurre lo contrario.
No me acerco a una respuesta.
Me alejo.
Y cuanto más me alejo, más aparece él.
No como una persona.
No exactamente.
Sino como un proceso.
Como una secuencia de ajustes que mi mente repite una y otra vez sin mi permiso.
Hay días en los que estoy convencido de que todo terminará.
Días normales.
Días razonables.
Me levanto.
Trabajo.
Hablo con la gente.
Hago planes para la semana siguiente.
Y durante algunas horas parece que he recuperado una versión reconocible de mí mismo.
Entonces algo se desplaza.
Algo mínimo.
Una pausa demasiado larga.
Un instante de silencio.
La sensación de mi espalda apoyándose contra una silla.
Y regreso.
No al Amo.
No directamente.
Regreso a la pregunta.
¿Por qué?
¿Por qué sigo pensando en esto?
¿Por qué sigue apareciendo?
¿Por qué una idea que nunca sentí completamente mía ocupa tanto espacio dentro de mi cabeza?
Y cuanto menos lo entiendo, más me descubro imaginándolo.
No porque quiera ser sumiso.
Eso sigue sonándome extraño.
Sigue sonándome ajeno.
Sino porque existe una parte de mí que continúa preguntándose qué ocurriría si siguiera avanzando.
Un poco más.
Solo un poco más.
Como si hubiera una respuesta escondida al final del proceso.
Como si existiera una posición desde la cual todo adquiriera sentido.
Y mi mente comienza a construirla.
Semana tras semana.
Día tras día.
La imagina de forma automática.
No imagina el encuentro.
No imagina la ceremonia.
No imagina nada espectacular.
Imagina permanecer.
Eso es lo extraño.
Simplemente permanecer.
Mientras el proceso continúa.
Mientras los ajustes continúan.
Mientras las pequeñas correcciones continúan.
Hasta que algo termine de encajar.
Hasta que algo deje de producir fricción.
Hasta que esa versión de mí mismo que siempre parece estar desplazándose encuentre finalmente un punto de reposo.
A veces pienso que lo que realmente me obsesiona no es la obediencia.
Es la posibilidad de comprender.
La posibilidad de descubrir qué existe al otro lado de todos esos límites internos que todavía no entiendo.
Porque la primera vez que sentí que algo había sido ajustado por él ocurrió algo que todavía no sé describir.
No me sentí derrotado.
No me sentí reducido.
No me sentí menos.
Sentí otra cosa.
Y desde entonces mi mente sigue regresando allí.
Como un investigador que vuelve una y otra vez al mismo lugar porque está convencido de haber pasado por alto una pieza fundamental.
Quizá por eso cada recuerdo termina transformándose en una pregunta.
Y cada pregunta termina transformándose en una obsesión.
La anatomía del rigor habla de estructuras.
De ejes.
De alineaciones.
De soportes.
Pero dentro de mí todo ocurre de una forma mucho más sencilla.
Existe una parte de mí que sigue intentando comprender por qué aquella sensación de ajuste se sintió tan real.
Y otra parte que sospecha que solo podrá entenderla completamente si permanece allí el tiempo suficiente.
Hasta el final.
Hasta el punto donde la resistencia termina.
Hasta el punto donde la explicación aparece.
O donde deja de ser necesaria.
Y quizá sea precisamente eso lo que más miedo me da.
La posibilidad de que no esté buscando una respuesta.
La posibilidad de que esté buscando esa versión de mí mismo que existe únicamente mientras está siendo ajustada.
El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…