Para mí, el problema nunca ha sido que me guste ser sumiso.
De hecho, si alguien me preguntara fuera de este contexto, probablemente diría que no.
Lo diría con bastante convicción.
Hay muchas partes de todo esto que me incomodan.
Partes que me avergüenzan.
Partes que, vistas desde fuera, me parecen absurdas.
Y sin embargo sigo volviendo.
No al rol.
No a la idea.
A él.
A la experiencia concreta de permanecer cerca mientras algo suyo ocurre.
Eso es lo que no consigo explicar.
A veces recuerdo detalles ridículos.
La forma en que se queda quieto unos segundos antes de decir algo.
No una quietud teatral.
Una quietud funcional.
Como si estuviera comprobando algo internamente.
Como si ya supiera lo que va a hacer y estuviera esperando que el resto del mundo llegara a la misma conclusión.
No sé por qué recuerdo eso.
Podría recordar cosas mucho más importantes.
Pero recuerdo eso.
Recuerdo también cómo cambia ligeramente la posición de una mano cuando está concentrado.
Apenas unos centímetros.
El pulgar se recoge.
Los dedos dejan de moverse.
La muñeca encuentra un ángulo concreto y permanece allí.
Pensé que dejaría de fijarme en esas cosas.
No ha ocurrido.
Lo extraño es que nunca siento alivio.
La gente habla de la entrega como si fuera descanso.
Como si uno llegara finalmente a un lugar cómodo.
No es mi experiencia.
Mi experiencia se parece más a quedarse sentado en una sala de espera después de que todos los demás se hayan marchado.
No estás cómodo.
No estás relajado.
Ni siquiera estás seguro de querer estar allí.
Pero tampoco quieres irte.
Y entonces pasan diez minutos.
Luego veinte.
Luego una hora.
Y sigues allí.
Eso debería molestarme más.
Hay momentos en los que lo observo trabajar en silencio y noto algo parecido a la irritación.
Una irritación pequeña.
Humana.
Porque una parte de mí quiere recuperar protagonismo.
Quiere volver a ser el centro de su propia experiencia.
Quiere dejar de girar alrededor de otra persona.
Y sin embargo esa misma parte es incapaz de apartar la mirada.
Es una contradicción bastante humillante.
A veces me sorprendo pensando en detalles físicos completamente inútiles.
La manera en que exhala por la nariz cuando está evaluando algo.
El movimiento mínimo que aparece junto a la mandíbula cuando aprieta los dientes sin darse cuenta.
La forma exacta en que sus hombros parecen descender cuando finalmente toma una decisión.
No son gestos espectaculares.
Nadie más los notaría.
Pero yo sí.
Y una vez que los noto ya no puedo dejar de verlos.
Es una tontería, pero hay ocasiones en las que recuerdo mejor esos movimientos que conversaciones enteras.
Quizá porque las palabras terminan.
Los gestos permanecen.
Con el tiempo he empezado a sospechar algo incómodo.
Tal vez nunca he estado obsesionado con obedecer.
Tal vez estoy obsesionado con permanecer.
Hay una diferencia.
Obedecer implica acción.
Permanecer implica presencia.
Y lo que vuelve una y otra vez a mi cabeza no es la idea de hacer algo para él.
Es la idea de seguir allí.
Mientras trabaja.
Mientras piensa.
Mientras decide.
Mientras atraviesa su propio proceso interno.
Como si mi función consistiera únicamente en no interrumpir la trayectoria de algo que no me pertenece.
Eso suena triste cuando lo escribo.
Quizá lo sea.
Pero también es cierto.
Porque cuando imagino marcharme no siento alivio.
Siento una especie de interrupción.
Como si una frase hubiera quedado incompleta.
Como si alguien hubiera cerrado un libro tres páginas antes del final.
No porque espere una recompensa.
No porque crea que algo extraordinario va a suceder.
Simplemente porque necesito saber cómo termina.
Y cuanto más tiempo paso allí, más difícil resulta distinguir dónde acaba su ritmo y dónde empieza el mío.
Al principio todavía existen dos velocidades.
La suya.
La mía.
Luego algo cambia.
Empiezo a esperar cuando él espera.
A quedarme quieto cuando él se queda quieto.
A percibir el tiempo utilizando referencias que ni siquiera son mías.
Y llega un momento extraño.
Un momento muy pequeño.
Casi invisible.
En el que descubro que llevo varios minutos sin pensar en mí.
No es felicidad.
No es placer.
Ni siquiera es paz.
Es simplemente ausencia.
La desaparición temporal de la necesidad constante de ser alguien.
Y quizá ahí esté el problema.
Porque una vez que has sentido eso resulta difícil olvidarlo.
No porque sea maravilloso.
Sino porque es raro.
Terriblemente raro.
La mayoría de las cosas dentro de mí hacen ruido todo el tiempo.
Opiniones.
Miedos.
Recuerdos.
Expectativas.
Pero cuando permanezco allí el ruido disminuye.
No desaparece del todo.
Solo se aleja.
Como una conversación escuchada desde otra habitación.
Y entonces ocurre algo que todavía no sé explicar.
Empiezo a desear que el proceso continúe.
No por lo que me hace.
Sino por lo que deja de hacerme.
Porque durante un rato deja de devolverme constantemente a mí mismo.
Y cuando finalmente levanto la vista descubro que sigo observando detalles absurdos.
La posición de sus manos.
La inclinación mínima de la cabeza.
La pausa exacta antes de hablar.
Detalles insignificantes.
Detalles que no deberían importar.
Detalles que, sin embargo, permanecen conmigo durante semanas.
Y ahí aparece una sospecha.
Pequeña.
Persistente.
Difícil de expulsar.
Quizá nunca quise convertirme en otra cosa.
Quizá solo quería permanecer delante de algo que parecía más estable que yo.
El tiempo suficiente.
Hasta que mi propio ritmo desapareciera dentro del suyo.
Aunque no me guste admitirlo.
Aunque no me guste llamarlo sumisión.
Aunque siga insistiendo en que no quiero ser esto.
Sigo allí.
Esperando.
Observando.
Sin hacer nada especial.
Solo permaneciendo.
Hasta que él termine.
El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…