Hay algo especialmente humillante en descubrir que el Amo aparece durante los momentos que no significan nada.
No durante los grandes pensamientos.
No durante las decisiones importantes.
No durante las noches difíciles.
Durante cosas mucho peores.
Durante cosas completamente inútiles.
Esta mañana el teléfono vibró sobre la mesa.
Una única vibración.
Ni siquiera era un mensaje.
Ni siquiera era alguien que conozco.
Era una notificación absurda de una aplicación que apenas recuerdo haber instalado.
La abrí.
La cerré.
Volví a abrirla.
La pantalla mostraba exactamente lo mismo.
Y aun así permanecí allí varios segundos.
No porque estuviera leyendo.
Porque algo se había desplazado.
Una sensación extraña.
Como si el Amo hubiera entrado en la habitación utilizando aquella vibración insignificante como puerta.
No tiene sentido.
Lo sé.
Y precisamente por eso resulta tan difícil ignorarlo.
Antes pensaba que una obsesión debía sentirse intensa.
Ahora sé que puede sentirse ridículamente pequeña.
Puede sentirse como quedarse mirando durante demasiado tiempo un icono rojo en una esquina de la pantalla.
Puede sentirse como releer tres veces una frase que no importa.
Puede sentirse como olvidar qué estaba haciendo antes de desbloquear el teléfono.
Y entonces aparece.
No el Amo exactamente.
No una imagen.
No una voz.
Algo peor.
La sensación de que su presencia ya estaba allí antes de que yo llegara.
Durante la pausa del café en el trabajo ocurrió otra vez.
Un compañero hablaba sobre algo relacionado con una serie que yo nunca he visto.
Asentí.
Respondí.
Incluso sonreí en el momento correcto.
Pero una parte de mí observaba cómo movía la taza entre las manos.
Observaba una pequeña marca circular dejada por el fondo húmedo sobre la mesa.
Una circunferencia imperfecta.
Nada más.
Y sin embargo mi atención quedó atrapada allí.
No en la conversación.
No en las palabras.
En aquel círculo absurdo.
Pensando cosas que preferiría no pensar.
Recordando cosas que preferiría no recordar.
El Marqués de Sade escribió sobre mecanismos visibles.
Esto es diferente.
Esto ocurre en lugares demasiado pequeños.
En espacios donde nadie más miraría.
En detalles que no deberían significar nada.
Y sin embargo significan algo.
Cuanto más intento explicar por qué.
Menos puedo hacerlo.
A veces creo que se parece a la tristeza.
Pero no es tristeza.
La tristeza tiene una dirección.
La tristeza apunta hacia algo.
Esto no.
Esto simplemente ocupa.
Como agua entrando lentamente en una habitación vacía.
Sin ruido.
Sin urgencia.
Sin permiso.
Por la tarde volví a mirar el teléfono.
No había mensajes nuevos.
Nadie me había escrito.
Nada había cambiado.
Y aun así sentí la misma interrupción silenciosa.
La misma presencia imposible.
La misma sensación de haber sido observado desde dentro de mis propios pensamientos.
Es vergonzoso admitirlo.
Porque no ocurre durante momentos extraordinarios.
Ocurre durante momentos mediocres.
Durante segundos completamente desperdiciados.
Mientras espero un ascensor.
Mientras busco las llaves.
Mientras miro una notificación que ni siquiera merece ser abierta.
Quizá esa sea la parte más difícil.
No que el Amo permanezca.
Sino que permanezca precisamente allí.
En los lugares donde no debería existir.
En los rincones más pequeños.
En los segundos más insignificantes.
Esperando.
El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…