La alarma sigue puesta.
No la miro primero.
La miro después de pensar que ya la había mirado.
Eso no encaja.
La taza está en la mesa.
Pero no recuerdo haberla visto antes de tocarla.
Solo recuerdo el momento en que ya estaba fría.
Hay una grieta en la pared.
O la veo después de pensar en ella.
No sé cuál de las dos cosas ocurre primero.
Durante un segundo creo que el problema es la grieta.
Luego la grieta aparece antes de la idea de mirarla.
Y eso cambia todo.
Empiezo a notar algo incómodo.
No es que los objetos cambien.
Es que el orden en que los reconozco no es estable.
Tengo que mover el cuello.
Pero antes de pensarlo…
la sensación ya está ahí.
No es una orden.
No es una intención.
Es una consecuencia sin origen.
La taza sigue fría.
Pero ahora aparece antes de que yo la busque.
Como si me esperara.
La grieta sigue en la pared.
Pero aparece en el momento equivocado.
A veces antes de que la mire.
A veces después.
A veces mientras aún no he decidido mirarla.
Empiezo a sospechar algo que no quiero escribir.
No soy yo quien desordena las cosas.
Es el orden el que ya no depende de mí.
La alarma sigue puesta.
Pero primero recuerdo haberla comprobado…
y después la veo.
Eso no debería ser posible.
Y sin embargo ocurre.
Tengo que mover el cuello.
Pero esta vez no sé si lo pienso.
O si ya está ocurriendo antes del pensamiento.
Por un instante intento estabilizar el orden.
No funciona.
Porque ahora incluso el intento llega tarde.
La taza sigue fría.
La grieta sigue ahí.
La alarma sigue puesta.
Pero ya no sé qué de eso estoy comprobando primero.
Y empiezo a sospechar algo más extraño que todo lo anterior:
no es que las cosas ocurran sin mí…
es que el orden en que las entiendo ya no me pertenece.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería…