Hay una imagen que vuelve una y otra vez.
No es una escena.
Ni siquiera es algo que haya vivido.
Es una imagen estúpida.
Estoy sentado delante del ordenador leyendo por tercera vez algo que ya había leído.
Eso es lo primero que me avergüenza.
No la excitación.
No la curiosidad.
Sino volver.
Porque volver significa que algo se ha quedado enganchado.
Y durante mucho tiempo fingí que no era así.
Me decía que estaba investigando.
Que me interesaba entender cómo funcionaban ciertas dinámicas.
Que era una curiosidad psicológica.
Una cuestión técnica.
Pero una persona no lee veinte veces lo mismo por razones técnicas.
Eso tardé demasiado en admitirlo.
Recuerdo una noche en la que me sorprendí mirando una fotografía completamente normal.
Nada explícito.
Nada sexual.
Solo alguien arrodillado.
Y me quedé observándola más tiempo del que tenía sentido.
No porque estuviera imaginando lo que ocurría.
Sino porque estaba intentando entender por qué me costaba apartar la vista.
Eso me inquietó.
Porque la respuesta no parecía tener relación con el sexo.
Parecía tener relación conmigo.
Con el cansancio.
Con algo que nunca había sabido nombrar.
Siempre he sido una persona que intenta controlarlo todo.
Las conversaciones.
Los horarios.
Los planes.
Las decisiones.
Incluso las emociones.
Sobre todo las emociones.
Y quizá por eso me resultó tan incómodo descubrir que una parte de mí reaccionaba de una forma extraña cuando encontraba historias donde alguien dejaba de hacerlo.
No era admiración.
No era identificación.
Era algo mucho más difícil de explicar.
Una especie de alivio prestado.
Como si durante unos segundos pudiera imaginar cómo sería dejar de sostener todo el peso.
Eso debería haberme parecido absurdo.
No me lo pareció.
Y cuanto más intentaba entenderlo, peor era.
Porque cada respuesta generaba una pregunta nueva.
Si era simple curiosidad, ¿por qué seguía volviendo?
Si era solo excitación, ¿por qué seguía pensando en ello cuando la excitación desaparecía?
Si era una fantasía, ¿por qué parecía quedarse incluso después?
A veces cerraba todas las pestañas.
Me decía que ya estaba.
Que había leído suficiente.
Que era hora de hacer otra cosa.
Y aun así volvía unas horas después.
Como quien comprueba una herida.
Como quien toca una muela que sabe que sigue doliendo.
No para descubrir algo nuevo.
Sino para comprobar si la sensación seguía allí.
Y seguía.
Eso es lo que más me cuesta admitir.
No la curiosidad.
No la excitación.
Sino la persistencia.
Porque una curiosidad debería apagarse cuando recibe una respuesta.
La mía parecía crecer con cada explicación.
Si pudiera explicarlo, podría aceptarlo.
Pero el problema es que cada explicación abre otra pregunta.
Y empiezo a sospechar que llevo meses intentando entender algo que no tiene que ver con la dominación.
Ni con la sumisión.
Ni con ninguna práctica concreta.
Quizá tiene que ver conmigo.
Y esa posibilidad me incomoda mucho más que cualquier cosa que haya leído.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería…