Para el activo, el verdadero peso del conteo nunca estuvo en el impacto.
Estaba en el número siguiente.
Siempre en el número siguiente.
Mucho antes de que la voz alcance el diez, algo ya ha comenzado a reorganizarse dentro de mí.
No sé cuándo empezó.
No recuerdo una decisión.
No recuerdo un instante concreto.
Solo recuerdo que antes no pensaba en ello.
Antes habría considerado absurda la posibilidad de habitar un espacio mental tan estrecho.
Ahora regreso a él constantemente.
Sin querer.
Sin buscarlo.
Como si una parte de mí hubiera descubierto algo allí y se negara a abandonarlo.
No espero el impacto.
Espero el número.
Espero la sílaba.
Espero el silencio que existe antes de la sílaba.
Espero la pausa.
Espero el instante exacto en que todo vuelve a comprimirse alrededor de una única expectativa.
La voz del Amo ya no funciona únicamente como una señal externa.
Se ha convertido en una geografía.
Una arquitectura.
Un paisaje mineral donde cada número delimita una frontera y cada pausa abre una cámara silenciosa dentro de mi pensamiento.
Entro en ella.
Permanezco allí.
Espero.
No comprendo exactamente qué estoy buscando.
Durante mucho tiempo pensé que no era placer.
No se parecía al placer.
No tenía la temperatura del placer.
No tenía su urgencia.
Era otra cosa.
Una suspensión.
Una reducción progresiva del ruido.
Una forma de quietud.
Como si la maquinaria habitual de la mente hubiese decidido detenerse para escuchar algo más antiguo que las palabras.
Pero entonces ocurre algo extraño.
No de golpe.
No como una revelación.
Más bien como la acumulación de capas de cal sobre una piedra olvidada.
Imagino el proceso.
Vuelvo a imaginarlo.
Regreso a él durante días.
Semanas.
Meses.
Y sin darme cuenta comienzo a descubrir una corriente subterránea que antes no existía.
No sé de dónde procede.
No sé por qué aparece.
Solo sé que aparece.
Una satisfacción silenciosa.
Una atracción difícil de nombrar.
Una sensación cálida que nace precisamente en el lugar donde esperaba encontrar únicamente inmovilidad.
Y eso es lo que más me desconcierta.
Que cuanto más pienso en ello, más familiar se vuelve.
Que cuanto más regreso a ese espacio, más natural parece permanecer allí.
Como si la repetición hubiese construido una habitación secreta dentro de mí.
Como si la espera misma hubiera desarrollado gravedad.
Como si el conteo hubiera terminado convirtiéndose en algo más que una secuencia.
Algo más que una imagen.
Algo más que una fantasía recurrente.
No entiendo por qué.
Todavía no.
Pero descubro que mi atención vuelve una y otra vez al mismo punto.
Al mismo intervalo.
Al mismo silencio.
A la misma expectativa.
Y cada regreso añade una nueva capa.
Cada repetición sedimenta algo.
Cada ciclo vuelve la arquitectura más sólida.
Más estable.
Más habitable.
La inmovilidad deja de sentirse como ausencia de movimiento.
La espera deja de sentirse vacía.
La tensión deja de dispersarse.
Todo comienza a compactarse.
A sedimentarse.
A transformarse lentamente en una estructura interior que ya no necesita justificarse.
Entonces comprendo algo.
La saturación no procede de la intensidad.
Procede de la continuidad.
De regresar siempre al mismo lugar.
De encontrar el mismo pasillo mental.
La misma puerta.
La misma pausa.
La misma voz.
El mismo número que todavía no ha sido pronunciado.
Y en esa continuidad aparece una quietud difícil de explicar.
No una euforia.
No una exaltación.
Algo más profundo.
Más silencioso.
La sensación de que durante unos instantes ya no es necesario decidir nada.
El siguiente número existe.
El siguiente intervalo existe.
El mecanismo continúa.
Y mientras continúa, descubro que una parte de mí ya no quiere apartar la mirada.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…