Sade y la Infraestructura de la Orgía: El Caos como Registro de Orden Superior

El monitor parpadea una vez.

No debería hacerlo.

No está encendido.

Pero parpadea.

Solo una vez.

Luego vuelve a su estado anterior.

El reflejo del teclado ya no coincide con mis manos.

No es un retraso.

Es un desfase.

Como si la imagen estuviera escrita un segundo antes.

Miro la nota.

Ahora está completamente abierta.

Recuerdo haberla dejado cerrada.

No hay transición entre ambos estados.

Solo dos posiciones posibles.

Cerrada.

Abierta.

Como si el papel no conociera el movimiento intermedio.

La segunda línea ha cambiado otra vez.

Pero no delante de mí.

Después de mí.

Dice:

YA LA HAS LEÍDO.

No siento sorpresa.

Siento corrección.

Como si el texto estuviera ajustando mi experiencia.

La grieta vuelve a la esquina.

Pero el espejo no la sigue.

Se queda con la versión anterior.

Dos versiones del mismo objeto coexistiendo sin conflicto aparente.

Eso es lo que me alarma.

No la deformación.

La coexistencia.

El lavabo suena.

Esta vez hay agua.

Demasiada.

Como si hubiera estado acumulándose detrás del sonido anterior.

Miro el grifo.

Está cerrado.

El agua sigue cayendo.

Pero no desde él.

Desde el borde del lavabo.

Como si la habitación hubiera decidido reescribir el origen del flujo.

El espejo se limpia solo.

Sin vapor.

Sin contacto.

Solo borra una imagen.

Luego otra.

Luego una que no había visto todavía.

La frase del cuello aparece otra vez.

Ahora en la mesa.

No escrita.

Grabada.

No con tinta.

Con presión.

Como si el material hubiera sido obligado a recordarla.

Y por primera vez entiendo algo que no había pensado antes:

la habitación no está cambiando.

está eligiendo qué versión de ella es válida en cada instante.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…