Si el Marqués de Sade levantara la cabeza hoy, no se escandalizaría por lo que hacemos, sino por lo poco que nos cuesta conseguirlo. Él tuvo que pudrirse en celdas y escribir en rollos de papel higiénico para documentar el exceso; tú solo tienes que deslizar el pulgar hacia la izquierda. El libertinaje, que antes era una rebelión aristocrática contra Dios y el Estado, se ha convertido en una función básica de tu sistema operativo. El problema es que, cuando el placer se vuelve un bien de consumo masivo, pierde ese aroma metálico de la curiosidad prohibida y empieza a oler a oficina refrigerada. Y ya está. Es el triunfo de la logística sobre la pasión.
La mirada se nos ha vuelto perezosa. Sade entendía que el deseo necesita resistencia para brillar. Pero en el supermercado digital, la resistencia es mala para el negocio. Todo es accesible, inmediato y está categorizado con una precisión quirúrgica que haría llorar de envidia a los verdugos de Silling. Ya no somos libertinos explorando el abismo; somos clientes reseñando el abismo en la sección de comentarios.
La interfaz del exceso: ¿Libres o simplemente suscritos?
Observamos una mutación curiosa en la cultura del consumo. El libertinaje clásico era una soberanía del individuo sobre su propia carne. El libertinaje digital, en cambio, es una soberanía del servidor sobre tu dopamina. Registramos cómo las plataformas han convertido la transgresión en un bucle infinito de reproducción automática. Ya no eliges qué ver; el algoritmo decide qué frontera vas a cruzar hoy basándose en lo que buscaste el martes pasado. Resulta gracioso pensar que nos creemos rebeldes mientras seguimos las migas de pan que nos deja una inteligencia artificial.
¿Quién teme al vacío después del clic? Notamos ese tremor de la médula cuando te das cuenta de que la oferta es tan vasta que el deseo se colapsa. El libertinaje de Sade era una búsqueda de la verdad a través del dolor y el placer extremos. El nuestro es una búsqueda de entretenimiento para no tener que pensar en la verdad. Hemos domesticado el escándalo. Lo hemos empaquetado y le hemos puesto una suscripción mensual. Y punto. La rebeldía es difícil cuando el sistema te da permiso para todo.
No hay vuelta atrás en la estantería digital
La cultura de consumo ha logrado lo que la Iglesia nunca pudo: hacer que el sexo explícito sea algo rutinario. Notamos que la fascinación por lo prohibido se diluye cuando el tabú es solo una etiqueta de búsqueda más entre «comedia» y «documentales». La madurez visual consiste en aceptar que nuestra libertad es, a menudo, una jaula de cristal donde podemos mirar todo pero ya no sentimos casi nada. El libertinaje se ha vuelto aséptico. Es pornografía del bienestar, un trámite más en la agenda de un adulto moderno y funcional.
La censura ya no quema libros; simplemente los entierra en la página diez de los resultados de búsqueda. Notamos cómo el mercado ha absorbido la transgresión de Sade para escupirla en forma de tendencias pasajeras. Lo que antes era peligroso ahora es «tendencia». Es el golpe final de la sociedad de consumo: convertir el grito de libertad del Marqués en un susurro que se pierde entre anuncios de apuestas y criptomonedas. Somos consumidores de lo extremo, pero rara vez somos partícipes de su esencia.
La última oferta de la carne
Exploramos un paisaje donde la piel es el contenido y el clic es el contrato. Sade nos dejó un mapa de los infiernos personales y nosotros hemos puesto un puesto de palomitas en la entrada. La visión libre duele menos de lo que debería, y eso es lo más aterrador de todo. Al final, somos libertinos de salón, navegando por océanos de carne sin mojarnos ni un poco los pies. El sistema ha ganado porque nos ha convencido de que comprar el exceso es lo mismo que vivirlo.
Esperamos a que la barra de carga se complete para sentirnos un poco más libres, o un poco menos aburridos. El cuerpo espera una señal que ya no llega, porque la sorpresa ha muerto bajo el peso de la oferta infinita. Sade puso la primera piedra de este templo y nosotros hemos terminado el centro comercial que lo rodea. No busques la salida. Está detrás de un muro de pago.