El Voltaje de la Sumisión: El Mecanismo de la Estimulación Cerebral Directa y la Sutura sin Carne

No recuerdo cuándo empezó la corriente.

Recuerdo haber mirado el monitor.

Recuerdo el reflejo azul sobre la mesa.

Recuerdo el zumbido.

Pero no recuerdo el momento exacto en que algo se adelantó.

La habitación de cal está en silencio.

O eso parece.

Hay un vaso de plástico junto al borde de la mesa.

Lo observo unos segundos.

Tengo la sensación de haberlo movido.

La marca circular de humedad no coincide con su posición.

Eso no debería importar.

Sin embargo sigo mirándolo.

Como si la diferencia fuera mayor de lo que parece.

La corriente todavía no ha comenzado.

Al menos eso indica la pantalla.

Y aun así algo ya se corrigió.

No en el aparato.

En mí.

Hay una regla que no recuerdo haber aprendido:

algunas cosas empiezan antes de que exista una señal de inicio.

Intento recordar la secuencia.

Entrar.

Sentarme.

Esperar.

Pero falta un fragmento.

No un minuto.

No una hora.

Algo más pequeño.

Como una pieza de memoria que fue retirada con cuidado.

El monitor emite un sonido breve.

Nada extraordinario.

Sin embargo siento que llego tarde a ese sonido.

Como si hubiera ocurrido antes.

Como si estuviera escuchando una repetición.

Miro la esquina de la habitación.

Hay una grieta fina cerca del techo.

Creo que no estaba ahí.

Inmediatamente aparece otra sensación.

La de haber pensado exactamente lo mismo la última vez.

El problema es que no recuerdo ninguna última vez.

La grieta no apareció.

Lo que apareció fue el recuerdo de haberla visto.

Y no sé cuál de las dos cosas es peor.

La pantalla sigue mostrando espera.

No hay descarga.

No hay estímulo.

No hay cambio visible.

Entonces noto algo extraño.

Por primera vez el cuerpo no llega tarde.

Llega demasiado pronto.

Mis dedos ya están tensos.

Mi respiración ya se adaptó.

Mis hombros ya corrigieron una presión que todavía no existe.

Como si una parte de mí hubiera recibido la instrucción antes que el resto.

Miro nuevamente el vaso.

Ahora estoy seguro de que se movió.

No puedo demostrarlo.

No lo suficiente para verlo.

Lo suficiente para que mi atención haya reorganizado la habitación alrededor de esa posibilidad.

La puerta permanece abierta.

Eso debería tranquilizarme.

No lo hace.

Porque ya no estoy pensando en salir.

Estoy intentando averiguar qué ocurrió antes de que entrara.

Durante un instante recuerdo una frase.

No sé de dónde viene.

Quizá de Sade.

Quizá de otra parte.

Da igual.

La frase no explica nada.

Solo deja una sensación:

hay mecanismos que no necesitan empezar.

Solo necesitan que los reconozcas.

Vuelvo a mirar la pantalla.

Sigue en espera.

El zumbido continúa.

La grieta sigue junto al techo.

Todo parece exactamente igual.

Lo extraño es que ahora tengo la sensación de que la descarga ya ocurrió.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…