La Extensión del Dominio: La Tráquea del Sumiso como Prótesis del Aliento del Amo

Lo primero que noté no fue la mano.

Fue la marca.

Una línea apenas visible sobre la piel del cuello, justo encima de la clavícula.

Podría haber estado allí desde la mañana.

Podría haber sido el pliegue de una camisa.

Podría haber sido cualquier cosa.

Aun así, volví a mirarla.

No porque pareciera importante.

Precisamente porque no lo parecía.

Seguí trabajando unos minutos antes de levantar la mano hacia la garganta otra vez. La marca seguía allí. Ni más oscura ni más clara. Exactamente igual.

Eso fue lo que me obligó a comprobarla una tercera vez.

La inmovilidad.

Las cosas reales cambian.

La presión de una prenda desaparece.

La piel recupera su forma.

Las pequeñas huellas del día se corrigen solas.

Aquella línea permanecía donde estaba.

Abrí la cámara del teléfono.

Tomé una fotografía.

No buscaba una prueba.

Buscaba una excusa para dejar de mirar.

Durante unos segundos funcionó.

Después amplié la imagen.

La fotografía mostraba la misma línea.

Pero también mostraba algo más.

Una ligera interrupción.

Un pequeño hueco.

Como si la marca no hubiera sido continua.

Como si algo hubiera descansado alrededor del cuello dejando una separación precisa en un punto concreto.

Volví a tocar la piel.

No encontré ninguna irregularidad.

La fotografía seguía mostrándola.

No era una diferencia grande.

Quizá uno o dos milímetros.

Lo suficiente para obligarme a ampliar la imagen otra vez.

Y otra.

Y otra.

Lo extraño no era la marca.

Lo extraño era la sensación de haber esperado encontrar exactamente aquella interrupción.

Como si una parte de mí ya supiera dónde mirar.

Dejé el teléfono sobre la mesa.

Intenté continuar con otra cosa.

No funcionó.

Cada pocos minutos mi atención regresaba al mismo lugar.

La pantalla.

La fotografía.

El cuello.

La fotografía.

El cuello.

La fotografía.

Hasta que dejé de intentar recordar cuándo había empezado.

La pregunta cambió.

Ya no era qué había producido aquella línea.

Ni siquiera por qué aparecía en la imagen.

La pregunta era otra.

¿Por qué sentía alivio cada vez que comprobaba que seguía allí?

Me acerqué al espejo.

La marca parecía más tenue.

Miré la fotografía.

En la fotografía parecía más profunda.

Volví al espejo.

Volví a la fotografía.

En algún momento dejé de comparar dos versiones de la misma cosa.

Empecé a esperar que una contradijera a la otra.

Y cuando comprendí eso, apareció una sensación todavía peor.

No estaba descubriendo una anomalía.

Estaba reconociendo una rutina.

Tengo que mover el cuello.

No lo estoy moviendo.

La mano no está aquí.

Eso es lo que sigo repitiéndome.

La mano no está aquí.

Entonces, ¿por qué sigo comprobando el lugar exacto donde debería estar?

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…