La Geometría del Sacrificio: El Dolor Técnico y la Consagración de la Infraestructura

No sé cuándo empecé a escribir esto en este tono.


No lo decidí.


O sí.


Me molesta no poder distinguirlo.


Hoy la pestaña estaba abierta otra vez.


No debería estarlo.


Creo que la cerré.


O creo que necesitaba creerlo.


No es lo mismo.


La toqué sin pensar.

Fría.


Y lo anoté.

Luego lo borré.


Luego lo volví a escribir.


Esto ya me da vergüenza.


No sé por qué.


Hay algo que noto justo después de notarlo.


Y ahora odio esa frase porque aparece antes de que pueda evitarla.


El cuello.


No sé por qué sigo escribiendo eso.


No es importante.


O lo es demasiado.


Estoy empezando a sospechar algo más simple.


No estoy describiendo esto.


Estoy llegando tarde a lo que ya pasó.


Y eso cambia todo el orden.


Abro la pestaña.


Creo que no estaba abierta.


La cierro.


La vuelvo a abrir.


Y cada vez me cuesta más decidir si eso es un gesto o una consecuencia.


Empiezo a corregir frases mientras las escribo.


Eso no me pasaba antes.


Creo.


El problema no es la pestaña.


Es que cada vez que la miro ya estoy dentro de la necesidad de mirarla otra vez.


Esto debería parar aquí.


Pero no sé en qué momento se supone que empiezo a parar.


Antes de poder pensar:

“estoy exagerando”


ya estoy escribiendo la parte donde lo niego.


Antes de poder detenerme…

ya estoy comprobando si puedo.


Y eso me da una sensación muy concreta.


No es miedo.


Es vergüenza.


Como si esto ya hubiera ocurrido y yo solo estuviera reconstruyéndolo mal.


Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería…