Para el Marqués de Sade, el problema nunca fue la crueldad.
Fue el secreto.
Eso tardé mucho tiempo en entenderlo.
Leemos sus libros y pensamos que todo gira alrededor del dolor.
De la violencia.
De la dominación.
Pero a veces tengo la impresión de que estaba obsesionado con otra cosa.
Con la imposibilidad de ocultarse.
Con la fantasía de que nada permaneciera cubierto.
Ni los cuerpos.
Ni los pensamientos.
Ni las intenciones.
Ni siquiera el miedo.
Cerré el libro.
La habitación estaba en silencio.
Había una grieta en el cristal de la ventana.
Muy pequeña.
Tan pequeña que solo podía verse desde cierto ángulo.
La descubrí hace meses.
O quizá años.
Ya no lo sé.
Desde entonces la miro cada pocos días.
Nunca parece igual.
A veces creo que se ha extendido.
Otras veces parece más corta.
Nunca la mido.
No quiero saberlo.
Hay cosas que empeoran cuando se verifican.
Pensé en Sade.
Pensé en algo que aparece una y otra vez en sus páginas.
La necesidad de ver más.
Siempre más.
Como si toda superficie fuera una ofensa.
Como si toda opacidad escondiera una derrota.
Quizá por eso sus personajes nunca están satisfechos.
Siempre queda algo detrás.
Algo que no pueden alcanzar.
Algo que sigue perteneciendo a otra persona.
Y eso les resulta insoportable.
La grieta seguía allí.
Observándola tuve una idea extraña.
No parecía una fractura.
Parecía una dirección.
Como si señalara algo.
No sabía qué.
Tampoco me acerqué para comprobarlo.
Últimamente intento resistir ciertas curiosidades.
No siempre funciona.
La habitación se había oscurecido un poco.
La luz cambiaba.
La grieta también.
Durante un instante tuve la sensación de que el cristal estaba desapareciendo.
No rompiéndose.
Desapareciendo.
Volviéndose tan transparente que dejaba de parecer una cosa.
Solo quedaba el exterior.
El cielo.
Los edificios.
La distancia.
Y entonces comprendí algo.
Quizá la transparencia absoluta no consiste en revelar lo que hay dentro.
Quizá consiste en eliminar todo lo que separa una cosa de otra.
Todo límite.
Toda resistencia.
Toda frontera.
Eso era lo que me inquietaba de Sade.
No que quisiera ver el interior de los cuerpos.
Sino que pareciera incapaz de aceptar la existencia de cualquier barrera.
La piel.
La intimidad.
La conciencia.
El secreto.
Todo debía ceder.
Todo debía abrirse.
Todo debía volverse visible.
Y hay algo aterrador en ese impulso.
Porque la mirada nunca se detiene por sí sola.
Siempre quiere un poco más.
Y después otro poco.
Y otro.
Hasta que ya no queda nada por descubrir.
La habitación permanecía inmóvil.
La ventana.
La grieta.
La luz cada vez más débil.
Sin embargo apareció una sensación incómoda.
La sospecha de que el misterio no desaparece cuando encontramos la verdad.
Desaparece cuando dejamos de respetar sus límites.
Miré de nuevo el cristal.
La grieta parecía haber cambiado de posición.
Solo unos milímetros.
Probablemente era imposible.
Probablemente estaba cansado.
Pero entonces vi algo que no recordaba haber visto antes.
Una palabra.
Escrita con el dedo sobre el polvo del cristal.
Muy pequeña.
Casi borrada.
No sé cuándo apareció.
No sé quién la escribió.
Solo sé que ayer no estaba allí.
Decía:
Todavía queda algo oculto.
Tengo que mover el cuello.
No lo estoy moviendo.
Debería.
La base del cráneo está fría.
Sigo mirando la palabra.
Por alguna razón me preocupa más que la grieta.
Porque las grietas aparecen.
Las palabras, en cambio, suelen requerir a alguien.
Y no recuerdo haber estado acompañado.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…