El Mecanismo de la Curiosidad Sexual y la Saturación del Archivo Sensorial

La curiosidad sexual, en el mecanismo de la ingeniería de la fijeza, no empieza como impulso.

Empieza como un error mínimo de enfoque.

Estoy mirando algo.

Creo que lo estoy viendo.

Pero hay un detalle que no encaja.

La imagen tarda un instante en estabilizarse.

Como si el ojo hubiera llegado antes que la atención.

No es deseo todavía.

Es desajuste.

La mesa tiene una marca que no recuerdo haber visto antes.

La observo demasiado tiempo.

No debería cambiar.

Pero cambia.

O quizá soy yo el que ya no está en la misma posición que hace un segundo.

Parpadeo.

No sé si parpadeé.

Eso es lo primero que incomoda.

No hay misterio claro.

Solo una ligera descoordinación entre lo que miro y lo que vuelve.

Intento apartar la vista.

No funciona.

La mirada se queda.

No como decisión.

Como inercia corregida demasiado tarde.

Me doy cuenta de algo pequeño.

El objeto que estaba al centro de la mesa ya no está exactamente en el centro.

No lo he tocado.

O eso creo.

No hay movimiento visible.

Solo un desplazamiento mínimo de sentido.

Como si la habitación hubiera reorganizado lo que considero estable sin avisar.

Sigo mirando.

Y ahí aparece la primera contradicción:

cuanto más observo, menos seguro estoy de lo observado.

No es fascinación.

Es una pérdida de fiabilidad.

La curiosidad deja de ser búsqueda.

Se convierte en espera de confirmación.

Hay una regla que no recuerdo haber aprendido:

todo lo que se mira demasiado tiempo empieza a responder de forma ligeramente distinta.

No sé cuándo entré en esa regla.

Pero ya la estoy obedeciendo.

Doy un paso atrás.

Creo que me alejo.

Pero el ángulo de la mesa no cambia como debería.

La habitación de cal sigue igual.

Eso es lo inquietante.

Nada se altera de forma evidente.

Pero todo se corrige.

Y en esa corrección hay algo que no puedo seguir.

Me quedo con la mano a medio camino del gesto de ajustar la vista.

No la bajo.

No la subo.

No sé qué estaba haciendo.

Solo sé que ya no es el mismo gesto.

Y entonces ocurre algo más pequeño que el pensamiento:

la sensación de que la mirada no es mía, pero tampoco deja de serlo.

Solo continúa.

Como si observar fuera un mecanismo que ya no necesita permiso.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…