La Geometría del Espasmo: El Marqués de Sade y el Cuerpo como Plano de Tensiones Acumuladas

Hay una página abierta sobre la mesa.

No recuerdo haberla abierto yo.

Está doblada en la esquina inferior derecha.

Una marca pequeña, como de presión repetida.

La observo.

No cambia.

Pero la marca parece más profunda que ayer.

O eso creo.

No tengo forma de comprobarlo.

Hasta que encuentro otra página idéntica en el mismo libro.

La misma esquina doblada.

La misma marca.

La misma presión.

No es una copia.

Es el mismo libro.

En dos lugares distintos del piso.

Cierro uno.

Lo dejo en la mesa.

Vuelvo a abrir el otro.

La marca sigue ahí.

Exactamente igual.

Eso debería cerrar la duda.

No la cierra.

La abre más.

Porque ahora la pregunta ya no es dónde está la marca.

Sino cuántas veces he estado leyendo la misma página sin darme cuenta.

Intento recordar la primera vez.

No aparece.

Lo que aparece es otra cosa.

La sensación de que ya sabía lo que iba a encontrar antes de abrir el libro.

Como si el gesto de abrirlo fuera una repetición.

No un inicio.

Sino una continuación.

Voy a la cocina.

Hay una taza en el fregadero.

No la reconozco.

La giro.

La marca en el asa es idéntica a la del libro.

No debería tener sentido.

La fotografía del libro está sobre la mesa.

La tomo otra vez.

La página sigue doblada.

Pero ahora noto algo.

La foto tiene una ligera diferencia de enfoque.

Como si hubiera sido tomada desde una posición en la que yo no estaba mirando.

La reviso en el móvil.

La misma imagen.

Pero la fecha no coincide con la memoria.

No es reciente.

Es de hace tres meses.

No recuerdo haberla hecho entonces.

Lo más inquietante no es eso.

Es que la marca en la taza no aparece en la foto.

Pero sí en el libro.

Y en el libro no estaba antes.

O eso creía.

Sigo comprobando.

Libro.

Taza.

Foto.

Libro.

Taza.

Foto.

Cada comprobación debería estabilizar algo.

No lo hace.

Cada comprobación empeora la secuencia.

Porque ahora hay una cadena que se repite sin origen claro.

Y cada repetición se siente más familiar.

No más nueva.

Más reconocida.

Hay una regla que no sé cuándo aprendí:

las cosas no cambian cuando las miras. Cambia el momento en que dejas de saber cuándo las viste por primera vez.

Cierro el libro.

Lo vuelvo a abrir.

La página está doblada.

La marca sigue ahí.

Y por primera vez noto algo peor que la duda.

La sensación de que abrir el libro no es un acto.

Es una respuesta.

Como si el libro ya supiera cuándo voy a mirarlo.

La taza vuelve a estar en el fregadero.

No recuerdo haberla movido.

Pero tampoco recuerdo haberla encontrado por primera vez.

Y mientras intento fijar ese recuerdo, descubro algo que no estaba antes:

la página doblada del libro ahora tiene una segunda marca.

Pequeña.

Vertical.

Exactamente igual a la del asa de la taza.

Y no sé cuál de las dos apareció primero.

El cuello no lo estoy moviendo…