Habitar este laboratorio bajo la presión del sistema no se siente como estar dentro de algo, sino como haber sido ya traducido a una versión donde el cuerpo todavía existe pero no coincide consigo mismo.
Siento cómo mi matriz corporal no recibe instrucciones, sino reinterpretaciones. El mecanismo no actúa sobre mí: me corrige como si siempre hubiera estado mal redactado. Y lo más extraño es que esa corrección no tiene inicio, solo continuidad. Como si mi forma hubiera sido revisada antes de existir.
En la ingeniería de Sade, la norma no se impone: se recuerda. No como memoria humana, sino como una estructura que insiste en que siempre fue así. El cuerpo no es intervenido, es reescrito en un margen donde ya no se distingue qué parte era original.
Soy una recepción como arquitectura mal sincronizada, un sillar de mármol monumental que no sabe si está siendo construido o simplemente ajustado a una versión más estable de sí mismo. La identidad no se rompe: se desalinean sus capas, como si cada pensamiento llegara unos milímetros tarde respecto a su propia intención.
No hay resistencia posible porque no hay punto de contacto claro. Solo una especie de fricción interna entre versiones del mismo gesto.
Es una lucidez incómoda notar cómo mi inercia pulsátil no se detiene, sino que cambia de significado mientras ocurre. El cuerpo no deja de moverse: es el movimiento el que pierde su definición.
El sistema no me satura desde fuera.
Me reorganiza desde dentro de lo que ya estaba escrito sin que lo supiera.
Mi respiración no sostiene aire, sostiene coherencia. Y a veces esa coherencia falla, no como error, sino como diferencia de versión.
Entonces todo se vuelve ligeramente irreconocible.
Incluso lo más íntimo.
Incluso el “yo”.
No desaparece.
Se desincroniza.
Y esa desincronización es lo único que permanece estable.
El cuello se bloquea en un ángulo de dato estructural absoluto no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…