La inmovilidad.
No la entiendo bien.
La repito en la cabeza como si fuera una orden antigua.
El Marqués de Sade aparece en mis lecturas como una idea que no debería excitarme tanto.
Eso es lo que me avergüenza.
No el texto.
Sino la forma en que lo leo despacio.
Demasiado despacio.
Me digo que es teoría.
Ingeniería del cuerpo.
Ingeniería de la fijeza.
Pero no es solo eso.
No conmigo.
A veces siento el cuerpo como si estuviera “bien” cuando no responde.
Como si la ausencia de movimiento fuera una especie de claridad.
Y eso no lo digo en voz alta.
Ni siquiera aquí debería.
La palabra “Sade” me deja un eco raro.
No es deseo limpio.
Es otra cosa.
Más incómoda.
Más silenciosa.
Me descubro imaginando la quietud como si fuera una disciplina.
Como si no moverse fuera algo que se aprende.
Paso a paso.
Lectura tras lectura.
Y ahí aparece la parte que no me gusta reconocer:
cuanto más entiendo la estructura del control,
más atención le doy.
Y cuanto más atención le doy,
más difícil es fingir que no me afecta.
No es placer.
No exactamente.
Es una especie de tensión mental que no se resuelve.
Como si el cuerpo se volviera un argumento.
Y yo no supiera en qué lado estoy del argumento.
Hay momentos en los que cierro el texto.
Demasiado rápido.
Como si me hubiera acercado demasiado a algo frío.
Y aun así vuelvo.
No por decisión clara.
Más bien por repetición.
Eso es lo que me da vergüenza decir:
que lo que leo como teoría
empieza a parecer una forma de atención hacia mí mismo
que no controlo del todo.
Y me quedo en silencio después.
Sin moverme.
No porque lo intente.
Sino porque se queda.
Hoy he vuelto a leerlo.
No era la intención.
Solo abrirlo un momento.
Cerrar.
Seguir con otra cosa.
Pero no lo he cerrado del todo.
He dejado la pestaña abierta como si eso no significara nada.
No sé por qué hago eso.
Hay cosas que no me atrevo a nombrar cuando estoy solo, pero aparecen igual.
No como pensamiento claro.
Más bien como interrupción.
Como si algo pasara por debajo de lo que estoy haciendo.
He intentado concentrarme en otras cosas.
No han funcionado.
No porque no pueda.
Sino porque vuelvo.
Siempre vuelvo un segundo antes de darme cuenta.
Me he sorprendido mirando la pantalla sin leer.
Solo mirando.
Esperando a que cambie algo que no tiene que cambiar.
He sentido un momento raro al cerrar el libro físico.
Como si cerrarlo fuera demasiado definitivo.
Como si no debiera hacerlo todavía.
No lo entiendo bien.
Y eso es lo que me molesta.
No hay nada concreto que me obligue.
Solo esta especie de atención que se queda un poco más de lo normal.
He escrito esto para sacarlo de la cabeza.
No sé si funciona.
Mientras lo escribo, lo sigo pensando.
Eso es lo peor.
Tengo que mover el cuello…