Para el activo, el instante en que la cuerda ocupa el espacio de la voz no se siente como una prohibición. Se parece más a una sustitución.
Primero está la presión.
Después está el descubrimiento de que la presión permanece.
La fibra cruza las comisuras, descansa entre los dientes, recoge lentamente el calor de la boca. Intento tragar. La cuerda también parece enterarse.
Hay un sonido que no pertenece a nada de esto. Un radiador golpea una vez dentro de la pared. Luego otra. No vuelve a hacerlo.
La atención se mueve hacia allí durante un segundo y, cuando regresa, la mordaza parece haberse vuelto más pesada.
No creo que realmente haya cambiado de peso.
Pero tampoco estoy completamente seguro.
Lo extraño es que el silencio nunca llega de golpe. Uno imagina una frontera clara entre hablar y no hablar. No existe. Lo que aparece es otra cosa: pequeñas correcciones. El impulso de formar una palabra. La lengua que busca espacio donde ya no lo hay. El reflejo absurdo de preparar una frase que no podrá salir.
Sigo intentando hacerlo.
Es una costumbre estúpida.
Y, sin embargo, sigue ocurriendo.
La cuerda no elimina la comunicación. La desplaza. El cuerpo empieza a negociar por otros medios. La respiración se vuelve más visible. Los músculos de la mandíbula adquieren una importancia ridícula. Un movimiento mínimo del cuello parece un acontecimiento.
En algún lugar del suelo hay una mota de hilo oscuro. Lleva allí toda la sesión. No deja de llamarme la atención.
No sé por qué.
Quizá porque permanece inmóvil mientras todo lo demás cambia de significado.
Con el tiempo, la sensación deja de concentrarse en la boca. Empieza a extenderse. El silencio ocupa espacio. Desciende por la garganta, se instala detrás del esternón, altera el ritmo con el que percibo los segundos. Ya no pienso tanto en hablar. Pienso en la existencia constante de aquello que me impide hacerlo.
No es exactamente sumisión.
No es exactamente resignación.
Es algo menos elegante.
Es acostumbrarse.
Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas.
Cuando la conciencia vuelve sobre sí misma una vez más, descubre que ha estado orbitando el mismo punto durante quién sabe cuánto tiempo: la presión, el calor de la fibra, el pulso contra las encías, la respiración entrando y saliendo alrededor del obstáculo.
El sistema no se cierra con una revelación.
Se cierra porque deja de haber algo que resolver.
La cuerda sigue allí.
Durante un instante incómodamente largo no recuerdo si echo de menos mi voz o si simplemente recuerdo que alguna vez estuvo disponible.
Por su mano tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…