Bruce LaBruce: El punk que no pedía permiso ni usaba guantes

Si alguna vez te has preguntado cómo se ve el cine cuando alguien decide que la buena educación es un estorbo, la respuesta es Bruce LaBruce. Este canadiense no hace películas para que te sientas bien contigo mismo mientras tomas un café caro. Sus obras son más bien como un choque de trenes: sabes que va a doler, pero no puedes dejar de mirar. Desde los años 80, en Toronto, LaBruce entendió que la estética queer se estaba volviendo demasiado mansa, demasiado «para todos los públicos». Y él, lógicamente, decidió que eso no podía seguir así.

El fanzine como biblia y la cámara como arma

Empezó con J.D.s, un fanzine que básicamente le decía al mundo que ser gay no significaba querer casarse y tener un perro. Era el nacimiento del Homocore. LaBruce trajo la suciedad del punk al terreno de lo explícito. En películas como No Skin Off My Ass (1991) —que dicen que fascinó a Gus Van Sant hasta el punto de financiarle—, no hay decorados de lujo. Hay apartamentos pequeños, gente con cortes de pelo dudosos y una luz que parece robada de un callejón.

No es que no supiera iluminar. Es que quería que sintieras el frío de Toronto. LaBruce usa el grano del 16mm para que la piel parezca real, con sus manchas y sus temblores. Sus actores no parecen modelos calculando impuestos; parecen gente que acaba de entrar de la calle, con prisa y un cigarrillo a medio terminar. Es la estética de lo crudo, donde un suspiro suena a derrota y un encuentro es, ante todo, un acto político de desobediencia.

Zombis, skinheads y la santa madre iglesia

A LaBruce le encanta jugar con lo que te pone nervioso. En Otto; or, Up with Dead People (2008), utiliza a un zombi para hablarnos de la alienación en la gran ciudad. Es una idea brillante: estamos tan vacíos que solo un muerto viviente puede ser honesto. La película es lenta, pesada, casi hipnótica, rompiendo ese ritmo de ametralladora del cine moderno para obligarte a respirar el mismo aire estancado que el protagonista.

Y luego está su obsesión con los uniformes y la religión. En The Misandrists (2017) o la polémica L.A. Zombie, se dedica a desguazar los símbolos de poder. Seamos honestos, nada le gusta más que coger una figura de autoridad y ponerla en una situación donde lo único que importa es la gravedad y el roce. Es su forma de decir que, al final, todos estamos hechos de la misma carne frágil que reacciona sin pedir permiso a nadie, ni siquiera al Papa.

La política de la piel sin filtros

Lo que separa a LaBruce de un simple provocador de domingo es su capacidad para que lo explícito sea una herramienta de crítica social. No filma el acto por el acto. Lo usa para enseñarte lo ridículo de nuestras normas. En sus rodajes no hay esa tranquilidad mental de las producciones grandes; hay una urgencia que se nota en cada plano.

«A veces, la imagen es tan directa que el cerebro busca dónde esconderse. Pero Bruce te agarra de la nuca y te obliga a ver que la transgresión no es un disfraz, es una necesidad cuando el mundo se ha vuelto demasiado cómodo y vacío.»

Su estilo ha influido en la moda, en el videoarte y en una generación de cineastas que aprendieron que no necesitas un presupuesto millonario si tienes una idea que quema. LaBruce sigue ahí, rodando con la misma suciedad y la misma inteligencia, recordándonos que el arte, si no molesta un poco, quizás es que no es arte, sino otra forma de decoración de interiores.

El último romántico de la acera sucia

Bruce LaBruce es el arquitecto de una estética que prefiere la cicatriz al maquillaje. Sus películas son cartas de amor enviadas desde un sótano con poca luz, recordándonos que la belleza también vive en la torpeza, en el sudor y en la negativa a encajar en una lista de tres elementos perfectos. Al final, después de ver su cine, uno se siente un poco más vivo y, posiblemente, con ganas de ducharse. Pero eso es precisamente lo que él buscaba.