Hay algo profundamente vergonzoso en descubrir que la obsesión no aparece durante los grandes momentos.
Aparece durante los momentos inútiles.
No cuando pienso en él.
Cuando no quiero pensar en él.
Esta mañana, por ejemplo.
Desperté unos segundos antes de que sonara la alarma.
No estaba soñando con nada relacionado.
Ni siquiera recuerdo qué soñaba.
Lo único que recuerdo es la sensación de haber abierto los ojos y haber pensado, durante una fracción de segundo, que debía comprobar algo.
No sabía qué.
Solo que debía comprobarlo.
Y antes incluso de incorporarme ya estaba ahí.
La idea.
La presencia.
La pregunta.
No una imagen.
No un recuerdo.
Algo peor.
La sensación de que una parte de mí llevaba despierta mucho más tiempo.
Esperándolo.
Más tarde, mientras me cepillaba los dientes, ocurrió otra vez.
Observé la espuma acumulándose en el lavabo.
Una observación completamente inútil.
Y de repente me sorprendí preguntándome qué pensaría él de esa costumbre absurda que tengo de dejar correr demasiado el agua.
Ni siquiera tiene sentido.
No estaba allí.
Nunca ha visto ese lavabo.
Y aun así apareció.
Como aparece siempre.
No como una persona.
Como un criterio.
Como una forma de medir cosas.
A veces creo que eso es lo que más me avergüenza.
No que ocupe mis pensamientos.
Sino que haya empezado a ocupar las herramientas con las que pienso.
Hace unos días vi a una mujer desconocida esperando un autobús.
Llevaba una bolsa amarilla.
Nada más.
No era especialmente llamativa.
No ocurrió nada.
Y sin embargo me quedé observándola porque parecía estar esperando con una paciencia extraña.
Una paciencia inmóvil.
Y mientras la observaba pensé en él.
No porque se parecieran.
No porque hubiera ninguna relación.
Simplemente porque mi mente decidió establecer una.
Como si ya no necesitara razones.
Como si la obsesión hubiese aprendido a alimentarse sola.
Cuanto más lo pienso menos lo entiendo.
Cuanto menos lo entiendo más lugar ocupa.
Cuanto más lugar ocupa más difícil resulta apartarlo.
Y cuanto más difícil resulta apartarlo más vergüenza siento.
Hay tardes enteras construidas con detalles así.
Una taza vacía olvidada sobre una mesa.
Un vídeo sobre restauración de relojes antiguos.
Un hombre cruzando una calle mientras sostiene un paraguas cerrado.
La sombra de una planta moviéndose sobre una pared.
Nada tiene relación.
Y sin embargo todo termina conectado.
Como si existiera una red invisible extendida por debajo de las cosas.
Y él estuviera siempre al otro extremo.
A veces intento llamarlo tristeza.
Pero no es tristeza.
La tristeza tiene una dirección.
La tristeza apunta hacia algo.
Esto no.
Esto se parece más a una ocupación silenciosa.
A una presencia que no desaparece cuando las emociones desaparecen.
Al contrario.
Permanece cuando todo lo demás ya se ha ido.
Quizá por eso el tiempo no ayuda.
El tiempo debería erosionar.
Debería desgastar.
Debería reducir.
Pero ocurre lo contrario.
El tiempo parece darle más espacio.
Más habitaciones.
Más pasillos.
Más lugares donde aparecer.
Y de vez en cuando recuerdo una frase del Marqués de Sade.
No sus excesos.
No sus teorías.
Algo mucho más sencillo.
La idea de que ciertas fuerzas humanas no disminuyen cuando se las combate.
Se refinan.
Y entonces aparece el recuerdo de aquella marca circular.
Ya casi ha desaparecido.
Apenas queda una sombra.
Un contorno impreciso.
Probablemente nadie más lo notaría.
Yo sí.
Porque sigo buscándolo.
Porque sigo comprobando si aún está.
Porque sigo acercándome al espejo con la absurda esperanza de descubrir que ha desaparecido por completo.
Y porque una parte de mí se siente decepcionada cada vez que parece más tenue.
Eso es lo verdaderamente humillante.
No la marca.
No el recuerdo.
Sino la decepción.
La pequeña e inconfesable decepción.
La sensación de que algo se aleja.
La sensación de que algo permanece.
Las dos cosas al mismo tiempo.
Y cuanto más intento explicarlo menos consigo entender qué es exactamente lo que sigue aquí.
Solo sé que sigue aquí.
Esperando.
Como si nunca se hubiera marchado.
No lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…