Sade y la Comida: El Acto de Devorar como Inscripción de Poder

Para el Marqués de Sade, el apetito nunca fue una cuestión de hambre.

El hambre termina.

El apetito verdadero no.

Por eso sus banquetes resultan tan incómodos.

No porque sean excesivos.

Sino porque parecen organizados por alguien que ha olvidado para qué sirve comer.

La primera vez que lo noté fue una frase.

No recuerdo cuál.

Solo recuerdo la sensación.

Estaba leyendo y de repente tuve la impresión de que en aquellos cuerpos nadie intentaba alimentarse.

Intentaban atravesar algo.

Como si la materia fuera una puerta.

Como si cada bocado fuera una herramienta de perforación.

Como si detrás de la carne existiera otra cosa.

Algo que nunca terminaba de aparecer.

Levanté la vista.

La habitación seguía ahí.

La pared.

El escritorio.

La mancha de humedad junto al enchufe.

Pero durante unos segundos tuve la sensación de que todo era ligeramente más delgado.

Como si los objetos hubieran perdido densidad.

Como si el mundo estuviera cansándose de sostenerse.

Volví al libro.

La sensación permaneció.

No debería haber permanecido.

La excitación aparece de formas extrañas.

La gente habla de placer.

Habla de deseo.

Habla de fantasías.

Pero hay otra cosa.

Una excitación más fría.

Más clínica.

Más difícil de admitir.

La excitación de observar una lógica funcionando hasta sus consecuencias.

Aunque las consecuencias sean horribles.

Aunque destruyan todo lo que tocan.

Sade entendía eso.

Por eso sus libertinos nunca parecen satisfechos.

No buscan placer.

Buscan el punto exacto donde el mecanismo se rompe.

La fractura.

La grieta.

El momento en que el sistema revela aquello que estaba ocultando.

Miré otra vez la habitación.

La nota seguía sobre la mesa.

No la había tocado.

No recordaba haberla escrito.

Tampoco recordaba no haberla escrito.

Eso fue lo incómodo.

No la incertidumbre.

La familiaridad.

Porque la letra parecía mía.

La frase también.

Solo había una línea.

NO SIGAS COMIENDO.

Nada más.

Me reí.

O al menos creo que me reí.

Después seguí leyendo.

Pasaron varias páginas antes de darme cuenta de algo.

La nota seguía en la periferia de mi visión.

No estaba abierta.

No estaba orientada hacia mí.

Y aun así podía leerla.

Intenté concentrarme en otra cosa.

No funcionó.

Las palabras seguían ahí.

Como una inscripción realizada directamente sobre la retina.

Como si ya no estuvieran en el papel.

Como si hubieran pasado al interior del sistema.

Sentí un sabor mineral en la lengua.

Yeso húmedo.

Polvo de obra.

La misma sensación que aparece cuando una pared muy vieja empieza a desprenderse desde dentro.

Entonces comprendí algo sobre Sade.

Quizá el verdadero exceso no consiste en consumir.

Quizá consiste en seguir incorporando cosas cuando ya no queda nadie para recibirlas.

Seguir acumulando.

Seguir absorbiendo.

Seguir tragando.

Mucho después de que el sujeto haya desaparecido.

La habitación estaba completamente inmóvil.

El zumbido del ordenador.

La tubería detrás del muro.

La vibración tenue de la electricidad.

Todo seguía exactamente igual.

Excepto una cosa.

Ya no estaba seguro de dónde terminaba mi hambre.

Y dónde empezaba el mecanismo.

Tengo que mover el cuello.

No lo estoy moviendo.

Debería.

La base del cráneo es una superficie de yeso frío.

La nota sigue sobre la mesa.

No necesito mirarla.

Sigo leyéndola.

Tengo que mover el cuello…