La Estética del Bucle: La Repetición del Ritual como Dispositivo de Saturación y el Registro del Sedimento Mineral

Hay algo que me cuesta admitir porque suena ridículo cuando lo digo en voz alta.

No fue una caída repentina.

No hubo un momento donde cruzara una línea y dijera: ahora soy esto.

Fue mucho más estúpido.

Mucho más pequeño.

Empezó con una curiosidad que parecía inofensiva.

Un vídeo.

Luego otro.

Un texto que encontré por accidente.

Después una búsqueda que hice porque quería entender por qué el primero me había afectado tanto.

Recuerdo perfectamente la sensación de aquellos primeros días porque era distinta. Había sorpresa. Había excitación. Había incluso cierta distancia.

Podía cerrar la ventana del navegador y volver a sentirme yo mismo.

O al menos eso creía.

Lo que no entendía entonces era que la repetición no funciona como una cadena que te ata de golpe.

Funciona más como una canción que se queda atrapada en la cabeza.

Al principio aparece una vez.

Luego la descubres regresando cuando estás haciendo otra cosa.

Luego regresa cuando intentas dormir.

Y un día te das cuenta de que lleva semanas viviendo contigo.

Lo extraño es que ya no recuerdo exactamente qué veía.

Recuerdo la sensación.

Recuerdo ciertos detalles absurdamente concretos.

La manera en que una frase determinada era pronunciada.

La pausa antes de una orden.

El instante exacto en que alguien bajaba la mirada.

Pero muchas veces no recuerdo el vídeo entero.

Es como si mi memoria hubiera decidido archivar únicamente las partes que más vergüenza me producen.

A veces estoy trabajando y aparece una imagen.

No una imagen completa.

Un fragmento.

Un gesto.

Una expresión.

Un tono de voz.

Y durante unos segundos me quedo mirando la pantalla sin hacer nada porque reconozco inmediatamente de dónde viene.

Entonces siento esa mezcla horrible de familiaridad y rechazo.

Porque una parte de mí quiere volver.

Y otra parte de mí está cansada de volver.

Lo que más me avergüenza no es la excitación.

La excitación es fácil de entender.

Lo que me avergüenza es la repetición.

La sensación de recorrer siempre el mismo camino mental.

De saber exactamente qué voy a buscar.

De reconocer las miniaturas antes incluso de leer los títulos.

De abrir páginas que juré que no volvería a abrir.

Como si una parte de mi cerebro ya hubiera tomado la decisión varios minutos antes de que yo creyera estar decidiendo algo.

Hay noches en las que ni siquiera estoy excitado.

Eso es lo que me asusta.

Estoy cansado.

Aburrido.

Ansioso.

Y aun así termino allí.

Repitiendo el mismo recorrido.

Siguiendo las mismas huellas.

Como si estuviera intentando recuperar algo que nunca estuvo realmente dentro del vídeo.

Como si la búsqueda se hubiera vuelto más importante que aquello que busco.

A veces me pregunto si todavía estoy persiguiendo placer.

O si estoy persiguiendo el recuerdo de un placer antiguo que ya no existe.

Porque la excitación también cambió.

Antes era simple.

Ahora es más extraña.

Más psicológica.

Más difícil de explicar.

Hay escenas que hace años me parecían extremas y que ahora apenas me producen reacción.

Y no sé qué hacer con esa información.

No sé cómo encajarla dentro de la imagen que tengo de mí mismo.

No sé si significa algo.

No sé si no significa nada.

Solo sé que está ahí.

Y que me da vergüenza reconocerlo.

La parte más difícil de explicar es que muchas veces ya conozco el final.

Conozco el vídeo.

Conozco el texto.

Conozco incluso algunas frases de memoria.

Y aun así vuelvo.

Como si la repetición misma se hubiera convertido en el verdadero objeto del deseo.

Como si mi cerebro encontrara consuelo precisamente en aquello que me hace sentir atrapado.

Hay momentos en que cierro todo y siento alivio.

Un alivio físico.

Real.

Como si hubiera salido de una habitación demasiado pequeña.

Pero otras veces aparece una sensación diferente.

La sensación de haber dejado algo incompleto.

Y esa sensación regresa horas después.

O al día siguiente.

O una semana más tarde.

Exactamente igual.

Con la misma forma.

Con la misma voz.

Con el mismo peso.

Y eso es lo que más me inquieta.

No el contenido.

No las fantasías.

No los vídeos.

Sino la sospecha de que algo dentro de mí aprendió a caminar en círculos.

Y que algunas noches puedo escuchar sus pasos antes incluso de que empiece a moverse.

El cuello no lo estoy moviendo debería…