Hoy he evitado una palabra durante horas.
Látigo.
Ni siquiera sé por qué me cuesta escribirla.
Es una palabra.
Nada más.
Una palabra que existe desde mucho antes de que yo empezara a leer sobre todo esto.
Y sin embargo llevo toda la tarde rodeándola.
Como si escribirla fuese admitir algo.
No algo grave.
Algo peor.
Algo ridículamente personal.
Esta mañana encontré una referencia en un libro.
No era una escena.
No ocurría nada.
Solo una descripción.
Un objeto apoyado contra una pared.
Dos líneas.
Quizá tres.
Lo leí y seguí adelante.
O eso creí.
Porque una hora después seguía pensando en ello.
No en el objeto.
Eso es lo extraño.
Pensaba en mi reacción.
¿Por qué me había quedado ahí?
¿Por qué precisamente ahí?
He leído cosas mucho más intensas.
Mucho más explícitas.
Y las olvidé casi al instante.
Esto no.
Esto siguió conmigo.
Durante el desayuno.
Mientras trabajaba.
Mientras respondía mensajes.
Como una canción demasiado baja para distinguirla, pero demasiado constante para ignorarla.
Al final volví a buscar el párrafo.
Me dije que era para entender qué me había llamado la atención.
Mentira.
Lo entendí en cuanto llegué.
No estaba buscando una explicación.
Estaba comprobando si la sensación seguía allí.
Y seguía.
Exactamente igual.
Creo que eso es lo que empieza a inquietarme.
Antes pensaba que la curiosidad funcionaba como una pregunta.
Ahora parece funcionar como un regreso.
Ya no estoy intentando descubrir cosas.
Estoy volviendo a cosas que ya conozco.
Y cada vez me cuesta más explicar por qué.
Lo más vergonzoso es que empiezo a anticiparlo.
Leo una página.
Encuentro una frase cualquiera.
Y una parte de mí ya sabe cuál voy a volver a leer después.
No porque sea importante.
No porque sea extrema.
Simplemente porque algo se queda enganchado.
Como una pequeña astilla.
Nada duele.
Nada cambia.
Pero sigo tocándola.
Hace unas semanas habría dicho que me interesaban las dinámicas.
La psicología.
La teoría.
Ahora no estoy tan seguro.
Porque cada vez paso menos tiempo pensando en conceptos.
Y más tiempo pensando en detalles absurdos.
Un gesto.
Una pausa.
Un objeto olvidado en una esquina.
Una orden que ni siquiera llega a pronunciarse.
Empiezo a sospechar que el verdadero problema no es lo que estoy leyendo.
Es la frecuencia con la que vuelvo.
Porque ya no me sorprende encontrar esas páginas abiertas.
Lo que me sorprende es sentir que las estaba buscando antes de abrir el libro.
Como si una parte de mí hubiera llegado primero.
Y yo solo estuviera poniéndome al día.
Hace un mes me preguntaba si todo esto despertaría mi curiosidad.
Ahora me descubro haciéndome otra pregunta.
Mucho menos cómoda.
¿Cuántas veces puede alguien volver a la misma página antes de admitir que ya no está investigando?
Tengo que mover el cuello debería…