Había pasado tiempo desde la última vez que vi a mi amigo.
Lo suficiente como para que el encuentro pareciera importante.
Nos sentamos.
Hablamos.
Nos reímos.
Intercambiamos historias.
Durante horas todo pareció desarrollarse exactamente como debería desarrollarse una amistad.
Y sin embargo algo no encajaba.
No porque estuviera incómodo.
No porque quisiera marcharme.
Tampoco porque estuviera pensando constantemente en el Amo.
Era algo mucho más difícil de describir.
Una especie de pérdida de resolución.
Como si la realidad siguiera estando allí, pero ligeramente desenfocada.
Mi amigo hablaba.
Yo respondía.
La conversación avanzaba.
Pero en algún lugar de mí seguía existiendo una distancia imposible de explicar.
Entonces ocurrió algo absurdo.
En mitad de una frase levanté la vista.
Y me quedé mirando una pared.
Era una pared completamente normal.
Pintura amarilla.
Lisa.
Perfectamente lisa.
Sin marcas.
Sin grietas.
Sin sombras extrañas.
Nada.
Y quizá por eso ocurrió.
Porque durante unos segundos descubrí que estaba buscándolas.
Como si esperara encontrar algo.
Una línea.
Una señal.
Una referencia.
Algo que rompiera la uniformidad de aquella superficie.
Pero no había nada.
Solo amarillo.
Un amarillo limpio.
Tranquilo.
Indiferente.
Y fue precisamente en ese instante cuando apareció la tristeza.
No una tristeza intensa.
No una tristeza dramática.
Algo mucho peor.
Una tristeza silenciosa.
La clase de tristeza que no llega como una emoción.
Sino como una ausencia.
Porque mientras observaba aquella pared apareció otra imagen.
No porque quisiera evocarla.
No porque estuviera intentando recordarla.
Simplemente apareció.
La habitación.
La espera.
La quietud.
La sensación de estar exactamente donde debía estar.
No haciendo nada.
No pensando nada.
Simplemente esperando.
Y durante unos segundos esa imagen tuvo más peso que todo lo que estaba ocurriendo frente a mí.
Eso fue lo que me asustó.
Porque no tenía sentido.
No me gusta ser sumiso.
La frase sigue siendo cierta.
La repito una y otra vez.
No me gusta.
No encaja conmigo.
No se parece a la persona que creía ser.
Si alguien me hubiera descrito todo esto hace años habría pensado exactamente lo mismo que pensé siempre.
Que era algo ajeno.
Algo extraño.
Algo perteneciente a otras personas.
A otras vidas.
A otros mundos.
Y sin embargo aquí estoy.
Mirando una pared amarilla.
Escuchando hablar a un amigo al que aprecio.
Sintiendo una nostalgia inexplicable por una habitación donde únicamente esperaba.
No lo entiendo.
Y cuanto menos lo entiendo más crece.
Esa es la parte imposible.
Porque la lógica debería desgastarlo.
Debería reducirlo.
Debería exponerlo.
Debería convertirlo en algo manejable.
Pero ocurre lo contrario.
Cada intento de comprenderlo parece añadir otra capa.
Como si la obsesión utilizara mis preguntas para alimentarse.
Empiezo a sospechar que la contradicción es precisamente el combustible.
No me gusta ser sumiso.
Pero quiero permanecer.
No quiero necesitarlo.
Pero lo echo de menos.
No quiero que ocupe tanto espacio.
Pero ocupa cada vez más.
Es como intentar contener agua con las manos.
Cuanto más fuerte aprieto, más se escapa entre los dedos.
Aquella tarde seguí hablando.
Seguí riendo.
Seguí participando en la conversación.
Nadie habría notado nada extraño.
Pero de vez en cuando mi mirada regresaba a la pared amarilla.
Y cada vez que lo hacía aparecía la misma sensación.
La impresión de que algo seguía esperándome en otro lugar.
No una sesión.
No una fecha.
No un acontecimiento concreto.
Algo más difícil de nombrar.
Una forma particular de existir.
Una posición interior.
Una orientación.
Como si mi mente hubiera descubierto una dirección nueva y ahora todo lo demás se evaluara inconscientemente respecto a ella.
Por eso el mundo parece más apagado a veces.
No porque haya perdido color.
Sino porque algo dentro de mí sigue comparándolo constantemente con otra cosa.
Y esa comparación nunca termina.
Cuando regresé a casa seguía pensando en la pared amarilla.
No porque tuviera nada especial.
Precisamente porque no tenía nada.
Porque por primera vez comprendí que ya no buscaba objetos.
Ni lugares.
Ni recuerdos.
Buscaba una sensación.
Y quizá eso sea lo más inquietante de todo.
Que la obsesión ya no parece estar relacionada con lo que ocurrió.
Parece relacionada con la persona en la que me convierto cuando lo recuerdo.
Y cuanto más intento alejarme de esa idea, más claramente la veo esperándome al final de cada pensamiento.
Quieta.
Paciente.
Como si supiera algo que yo todavía no he conseguido entender.
Tengo que mover el cuello…