No estoy triste.
Eso es lo extraño.
La tristeza al menos tenía una dirección.
La tristeza parecía una consecuencia.
Esto es otra cosa.
Anoche pasé horas razonándolo.
Cuatro horas.
Quizá más.
Y llegué a una conclusión simple.
No quiero ser sumiso.
No me gusta serlo.
No encaja conmigo.
Ocupa demasiado espacio.
Consume demasiados pensamientos.
Demasiadas horas.
Demasiada atención.
Demasiada energía.
La conclusión parecía definitiva.
Una puerta cerrándose.
Una sentencia.
Una resolución.
Y sin embargo nada cambió.
Nada.
Esta mañana el deseo seguía allí.
Exactamente igual.
Quizá más fuerte.
Como si todas aquellas razones no hubieran servido para detener nada.
Como si hubieran servido para alimentarlo.
Y eso es lo que me inquieta.
Porque ya no estoy discutiendo con el deseo.
Estoy observando cómo ignora mis argumentos.
Como si perteneciera a otro sistema.
Como si hubiera sido construido en algún lugar al que la lógica no puede acceder.
Entonces regreso.
No quiero hacerlo.
Pero regreso.
A la habitación.
Al final de la sesión.
A la espera.
A la inmovilidad.
A la sensación de haber sido ajustado por la mano del Amo y ya no tener que decidir nada más.
Solo permanecer.
Y cuanto más vuelvo para entenderlo, más definido se vuelve todo.
No recuerdo la intensidad exacta.
No recuerdo qué golpe fue más fuerte.
No recuerdo el orden completo.
Pero recuerdo otras cosas.
Recuerdo la respiración.
Recuerdo los intervalos.
Recuerdo el espacio entre los primeros cuatro.
Recuerdo el silencio que aparecía después.
Y recuerdo las líneas.
Las líneas rojas.
Las dos que permanecían relativamente juntas.
La derecha parecía más visible.
La izquierda parecía más perfecta.
Y luego estaba la otra.
La tercera.
La que permanecía sola.
Separada.
Más arriba.
Casi cerca del borde superior del marco de la puerta.
No sé por qué recuerdo eso.
No debería importar.
No formaba parte del proceso.
No formaba parte de ninguna orden.
Y sin embargo sigue allí.
Más nítida que muchas cosas que ocurrieron ayer.
Más estable que conversaciones enteras.
Más definida que rostros.
A veces pienso que mi mente está intentando conservar algo.
No la línea.
No la puerta.
No la habitación.
Algo detrás de ellas.
Algo que todavía no consigue nombrar.
Porque cuanto menos entiendo todo esto, más lugar ocupa.
Y cuanto más lugar ocupa, menos espacio deja para cualquier otra cosa.
La excitación ya no parece una emoción.
Y lo más inquietante es que sigo repitiendo la misma frase.
No quiero ser sumiso.
La frase continúa pareciendo verdadera.
Pero el deseo continúa regresando.
Y entre ambos aparece una tensión que ya no sé resolver.
Solo sé que cuando cierro los ojos vuelvo a ver aquella habitación.
Vuelvo a la respiración.
Vuelvo a la espera.
Vuelvo a la tercera línea roja.
Y durante unos segundos todo parece más definido que el resto del mundo.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…