El futuro no me resulta una idea.
Me resulta una forma de lectura.
Algo que ya está ocurriendo mientras intento explicarlo.
Cuando leía a Sade, al principio pensaba que estaba estudiando un sistema.
Un autor.
Un contexto.
Una lógica del exceso llevada hasta su borde más extremo.
Pero eso no duró.
No sé en qué momento dejó de ser eso.
Solo sé que empecé a leerlo de otra forma.
Como si no estuviera describiendo el pasado.
Como si estuviera ajustando algo que todavía no ha terminado de decidirse.
Sade, en los libros, no aparece como una figura clara.
Aparece como una insistencia.
Una manera de no desaparecer del todo incluso cuando ya no estás mirando directamente.
Eso es lo que me incomoda.
No lo que dice.
Sino lo que sigue quedando después de entenderlo.
Cierro el libro.
La habitación está en silencio.
Pero no es un silencio limpio.
Es un silencio con polvo dentro.
En la luz de la tarde hay partículas suspendidas que no se mueven del todo, como si dudaran.
Miro la pared.
Los agujeros antiguos de clavos siguen ahí.
Pequeños puntos donde algo estuvo sujeto y luego fue retirado.
No pienso en Sade.
Pero Sade no deja de aparecer.
No como idea.
Como interferencia.
Como si algunas cosas, una vez vistas, ya no supieran cómo dejar de ser vistas.
Noto algo extraño en mi forma de leer.
No busco información nueva.
Busco el momento exacto en el que esto empezó a afectarme.
Y ese momento nunca aparece.
O aparece siempre demasiado tarde.
Como si la comprensión llegara después del efecto.
Sade escribió sobre cuerpos, sí.
Pero lo que se queda no es el cuerpo.
Es la forma en que la mirada se queda enganchada a él incluso cuando ya no hay nada que mirar.
Eso es lo que me desestabiliza.
No la violencia.
No el exceso.
Sino la continuidad.
La imposibilidad de cerrar del todo lo que ya debería estar cerrado.
Me descubro volviendo a las mismas páginas.
No por olvido.
Sino por reconocimiento.
Como si algo en mí esperara encontrar una versión distinta de lo ya entendido.
Y eso es lo que me da vergüenza.
No la curiosidad.
Sino la idea de que la curiosidad no disminuye con la explicación.
Solo cambia de forma.
La habitación sigue igual.
El polvo sigue en el mismo lugar.
Los agujeros en la pared no han cambiado.
Pero yo sí.
O algo en mí lo ha hecho sin pedir permiso.
Y lo más inquietante no es Sade.
Ni lo que escribió.
Sino esta pequeña resistencia interna.
Esta sensación de que entender no cierra nada.
Solo abre otra forma de seguir mirando.
Y entonces aparece la idea, otra vez.
No como pensamiento completo.
Sino como algo que interrumpe:
que quizá no estoy leyendo a Sade.
que quizá estoy aprendiendo a notar cuándo una idea deja de ser una idea y empieza a quedarse.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…