No debería seguir leyendo a Sade.
Eso es lo primero que he pensado esta mañana.
Lo segundo ha sido buscar otra página.
Creo que ahí está el problema.
No en lo que leo.
En el orden de las cosas.
Primero me digo que basta.
Después sigo.
Cada vez.
Hoy me he sorprendido haciendo algo ridículo.
He leído una frase.
Una sola frase.
Ni siquiera era especialmente intensa.
Hablaba del aire.
De la respiración.
De alguien que era consciente de cada inhalación.
La he leído.
He seguido avanzando.
Y diez minutos después me he dado cuenta de que estaba respirando más despacio.
Como si hubiera intentado entender la frase con el cuerpo.
Me da vergüenza escribir eso.
Porque suena absurdo.
Pero ocurrió.
Lo peor es que no fue la primera vez.
Empiezo a reconocer un patrón.
Antes leía por curiosidad.
Ahora busco determinadas cosas.
No las busco de forma directa.
Eso sería demasiado fácil de admitir.
Simplemente noto una pequeña decepción cuando no aparecen.
Y una especie de alivio extraño cuando sí.
Eso me preocupa más de lo que debería.
Anoche cerré el ordenador temprano.
Me sentía orgulloso.
Pensé que por fin estaba dejando de obsesionarme.
Estuve casi una hora sin pensar en ello.
Luego me descubrí recordando una escena que ni siquiera recordaba completa.
No recordaba las palabras.
No recordaba los detalles.
Solo recordaba una sensación.
La sensación de haber encontrado algo que me había hecho detenerme.
Y seguí intentando volver a ella.
Como quien intenta recordar una canción.
O una cara.
O un sueño.
No era excitación exactamente.
Todavía no sé cómo llamarlo.
Era algo peor.
Familiaridad.
Como si una parte de mí hubiera reconocido algo antes que yo.
Eso es lo que me inquieta.
No que me interese.
Sino que me resulte familiar.
Hay momentos en los que todavía consigo convencerme de que todo esto es intelectual.
Historia.
Literatura.
Psicología.
Curiosidad humana.
Luego pasan cosas pequeñas.
Ridículas.
Estoy leyendo.
Llego a un párrafo.
Y noto que reduzco la velocidad.
Como si no quisiera terminarlo demasiado rápido.
Como si quisiera quedarme allí unos segundos más.
Nunca sé explicar por qué.
Nunca encuentro una razón suficientemente buena.
Pero ocurre.
Y cada vez ocurre antes.
Antes necesitaba encontrar una escena concreta.
Ahora basta una idea.
Una palabra.
Una posibilidad.
Creo que eso ha cambiado.
Y no sé cuándo cambió.
Esa es la parte que me asusta un poco.
No encuentro el momento.
Hay un hueco.
Como si hubiera llegado tarde a mi propia curiosidad.
Como si una parte de mí hubiera seguido avanzando mientras yo todavía pensaba que estaba observando desde lejos.
Hace unos minutos iba a cerrar todas las pestañas.
De verdad.
Ya tenía la mano sobre el ratón.
Entonces me pregunté algo.
Una pregunta pequeña.
Inofensiva.
Solo una más.
Y en cuanto apareció supe que volvería a buscar.
Lo extraño no es la pregunta.
Lo extraño es que parece haber estado esperándome todo el día.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…