La Higiene del Mineral: El Operador y la Erradicación de la Mancha Identitaria

No sigo leyendo porque entiendo más.
Sigo leyendo porque, en realidad, entiendo menos.

Y eso me da vergüenza.

Empezó como algo pequeño. Casi ridículo.
Una curiosidad sin forma, como un dedo rozando una idea sin atreverse a entrar del todo.

Luego aparecieron los vídeos.
Las lecturas.
Las páginas abiertas demasiado tarde.

Digo “solo estoy mirando”, pero mi cuerpo no está de acuerdo.

Siento calor en la cara cuando cierro una pestaña rápido.
Como si alguien pudiera verme.

Como si hubiera sido descubierto sin que nadie estuviera mirando.

No debería ocupar tanto espacio en mi cabeza.
Pero lo ocupa.

Y cuanto más lo intento entender, más crece la tensión.

Es extraño: no es solo curiosidad.
Tampoco es solo excitación.

Es una mezcla que no sé nombrar sin que suene incorrecto.

El problema no es lo que veo.
Es lo que queda después.

Cuando apago la pantalla, el silencio no vuelve.
Se queda algo vibrando debajo de la piel.

No es pensamiento.
No es deseo claro.

Es una espera.

Como si mi cuerpo estuviera anticipando algo que todavía no ha ocurrido, pero ya lo ha decidido.

Y ahí aparece la contradicción.

Quiero parar.
Pero el gesto de parar ya se siente como parte del mismo impulso.

Me digo “solo una vez más”
y esa frase ya no suena como decisión.

Suena como continuidad.

No sé en qué momento la curiosidad dejó de ser curiosidad.

Solo sé que ahora ocupa más espacio que yo.

A veces noto algo físico:
la respiración más corta cuando leo ciertas cosas.
la mandíbula tensa sin razón.
los dedos quietos demasiado tiempo sobre la pantalla.

Pequeños fallos del cuerpo.

Como si el sistema no supiera qué hacer conmigo.

Hay una parte de mí que observa todo esto desde lejos.
Y otra parte que no quiere ser observada.

No sigo leyendo porque entiendo más.
Sigo leyendo porque entender menos me arrastra más adentro.

Y eso es lo que no quiero admitir.

Que la confusión ya no es un obstáculo.
Es el lugar donde me quedo.

Y cada vez que intento salir, aparece otra vez esa sensación, antes de cualquier pensamiento:

como si algo ya hubiera empezado sin pedirme permiso.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería…