La Acústica del Rigor: Fijeza y Resonancia en la Arquitectura Mineral

No dormí.

Ni siquiera recuerdo haber intentado dormir de verdad.

Recuerdo mirar la hora.

Luego volver a mirarla.

Y después descubrir que habían pasado cuarenta minutos que no sabía explicar.

La habitación estaba completamente en silencio.

Pero seguía escuchando algo.

No era una voz.

No era una orden.

Era el recuerdo de una respiración.

La suya.

Tan tranquila que casi desaparecía.

Tan regular que parecía no pertenecer a una persona.

Recuerdo haber pensado que una respiración así solo podía existir en alguien que nunca dudaba de lo que estaba haciendo.

Y después pasé una hora entera pensando en eso.

Solo en eso.

La forma en que el aire entraba.

La pausa casi imperceptible.

La forma en que salía.

Nada más.

Y ahí aparece el problema.

Porque no me gusta ser sumiso.

Sigo sin gustarme esa palabra.

Sigo sintiendo rechazo cuando la escucho.

Sigo pensando que debería querer otra cosa.

Una vida propia.

Un centro propio.

Un movimiento propio.

Y sin embargo paso noches enteras pensando en permanecer cerca de un proceso que ni siquiera me pertenece.

Pensando en quedarme allí.

Quieto.

Presente.

Mientras él trabaja.

Mientras él ajusta algo.

Mientras él construye algo.

Mientras él termina algo.

No porque me necesite.

No porque me lo pida.

Simplemente porque una parte de mí parece incapaz de marcharse antes de que todo haya concluido.

Y eso me asusta más de lo que debería.

Porque empiezo a notar pequeñas ausencias.

Pequeñas erosiones.

Pequeños huecos.

Alguien me pregunta qué hice hace tres días.

Tengo que pensarlo.

Alguien me pregunta qué quiero hacer dentro de un mes.

No tengo respuesta inmediata.

Pero puedo recordar perfectamente la forma en que él inclinó ligeramente la cabeza antes de continuar una secuencia.

Puedo recordar el ritmo de su respiración.

Puedo recordar el instante exacto en que permaneció inmóvil observando algo.

Detalles absurdos.

Detalles inútiles.

Detalles que ocupan espacio dentro de mí como si fueran importantes.

Y cuanto más espacio ocupan ellos, menos espacio parece quedar para mí.

Quizá por eso no dormí.

Porque toda la noche sentí la misma resonancia.

La misma frecuencia.

Como si una parte de mí siguiera esperando algo.

No una recompensa.

No una aprobación.

Ni siquiera una interacción.

Solo la continuación.

Solo la certeza de que el proceso seguía avanzando.

El Operador hablaría de resonancia.

Hablaría de frecuencias.

Hablaría de estructuras que vibran hasta encontrar una estabilidad determinada.

Yo lo experimento de una forma más sencilla.

Más incómoda.

Hay noches en las que siento que mi vida produce ruido.

Y que su proceso produce silencio.

Y una parte de mí quiere acercarse al silencio.

No porque sea feliz allí.

Sino porque parece más estable.

Más sólido.

Más real.

Como una nota sostenida durante tanto tiempo que termina pareciendo permanente.

A veces me pregunto cuándo comenzó exactamente.

Qué momento fue el primero.

Cuál fue el detalle insignificante que terminó creciendo hasta ocupar tanto espacio.

No lo encuentro.

Porque ya no parece un recuerdo.

Parece una estructura.

Algo que ha ido reorganizando piezas internas poco a poco.

Sin prisa.

Sin violencia.

Con una paciencia insoportable.

Y mientras permanezco despierto mirando la oscuridad, entiendo algo que me cuesta admitir.

No quiero convertirme en otra persona.

Pero tampoco quiero abandonar el lugar donde esa transformación parece estar ocurriendo.

Quiero permanecer.

Solo permanecer.

Hasta que termine.

Hasta que el último ajuste encuentre su lugar.

Hasta que la última resonancia se extinga.

Hasta que la última corrección desaparezca dentro de la estructura.

Y después.

Solo después.

Intentar recordar quién era antes de que una respiración casi inaudible empezara a ocupar tanto espacio dentro de mi cabeza.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…