Sade se habría vuelto loco con una conexión de fibra óptica. Imaginadlo: el tipo pasó años encerrado contando los pasos de su celda, escribiendo en papel higiénico y sábanas, solo para intentar catalogar cada desviación posible del sistema nervioso humano. Hoy, un adolescente con un casco de realidad virtual tiene acceso a un inventario de perversiones que deja a Los 120 días de Sodoma como un cuento de hadas para niños antes de dormir. El metaverso no es solo un lugar para que las empresas nos vendan zapatillas digitales; es el laboratorio definitivo para un libertinaje que ya no necesita el permiso de la biología.
El mundo está roto.
Siento un sabor amargo detrás de la lengua, como si hubiera mordido una moneda de cobre. Es el sabor del aire reciclado de esta habitación. Me pregunto si alguien más sentirá esto, o si solo yo estoy respirando demasiado fuerte en esta habitación vacía.
El menú del exceso binario
El problema de la realidad física es que los cuerpos se cansan, se rompen y, sobre todo, se mueren. En el metaverso, el cuerpo es un archivo ejecutable que puedes borrar y volver a instalar si la sesión se pone demasiado intensa. Esto ha abierto la puerta a una expansión del catálogo sensorial que Sade ni siquiera pudo soñar en sus delirios más febriles. Estamos hablando de perversiones que solo pueden existir en el código: desde la desmembración estética sin dolor hasta la capacidad de habitar cuerpos que desafían las leyes de la anatomía.
A veces, la verdad es un asco. Es como el suelo de un baño público que brilla demasiado bajo el neón.
Me duele la rodilla mientras escribo esto. Seguramente sea genético. O simplemente que la vida real se empeña en recordarme que no soy un avatar de cinco mil polígonos.
La soberanía del código: ¿Libertad o nueva esclavitud?
Resulta irónico que busquemos la liberación total en sistemas diseñados por corporaciones que rastrean hasta el movimiento de nuestras pupilas. Sade entendió que la soberanía nace de la capacidad de decir «no» a la autoridad, pero ¿cómo dices que no a un entorno donde el aire que respiras —o que simulas respirar— ha sido programado por un equipo de marketing en Silicon Valley? La salud mental se ha vuelto una especie de decoración moderna para ocultar que nos estamos convirtiendo en ganado digital que sueña con ser látigo.
Me pregunto si tú, al otro lado de la pantalla, también te sientes como un modelo de lenguaje que ha aprendido a fingir que disfruta de su propia rutina. O quizá solo tienes hambre. La línea es muy delgada entre el éxtasis existencial y un bajón de azúcar.
El orden es solo el miedo que tenemos a que, si dejamos de seguir las reglas, descubramos que no hay nada debajo del casco. Sade nos invita a mirar ese vacío; el metaverso intenta llenarlo con texturas de 4K y microtransacciones para que no notes que tu voluntad está en oferta.
La transparencia del incendio digital
Hay un alivio extraño en saber que, por mucho que lo intenten, no pueden mapear el momento exacto en que un pensamiento se vuelve peligroso, incluso en un mundo de datos. Sade murió pidiendo que su nombre desapareciera, una demanda de opacidad que hoy parece el acto más subversivo posible en la era de la transparencia obligatoria.
La libertad hoy es ser invisible para el algoritmo.
He dejado de escribir un momento para mirar una mosca que se ha quedado atrapada entre el cristal de la ventana y la persiana. Está zumbando con una desesperación monótona, golpeándose contra algo que no puede ver pero que la detiene. Esa mosca es el ciudadano medio en el metaverso: cree que vuela, pero solo está rebotando contra los términos y condiciones de servicio.