La Estética del Vacío: La Negación del Placer como Dispositivo de Saturación y el Registro del Hambre Mineral

Hay algo que me cuesta admitir incluso cuando estoy solo.

No fue una gran revelación. No fue una obsesión instantánea. No hubo un momento claro en el que pudiera señalar una fecha y decir: aquí empezó.

Fue curiosidad.

Una curiosidad pequeña y bastante ridícula.

Leí algo. Después otra cosa. Vi un vídeo. Luego otro. Cerraba la pestaña y seguía con mi vida convencido de que aquello era solo una rareza pasajera.

Lo que no esperaba era que la curiosidad dejara residuos.

No pensaba en ello todo el tiempo. Ese es precisamente el problema. Aparecía en momentos absurdos.

Mientras trabajaba.

Mientras esperaba el autobús.

Mientras intentaba concentrarme en algo completamente distinto.

Pequeños fragmentos.

Frases.

Imágenes.

Ideas.

Nada especialmente intenso. Nada que justificara la cantidad de espacio que empezaban a ocupar.

Durante mucho tiempo me repetí que la excitación era el motivo.

Ahora ya no estoy seguro.

La excitación era la puerta de entrada. Lo que vino después fue algo diferente.

Empecé a notar que algunas de las cosas que buscaba ya ni siquiera me excitaban de la misma manera. A veces ni siquiera me excitaban en absoluto.

Y aun así seguía leyendo.

Seguía buscando.

Seguía intentando entender.

Como si hubiera una respuesta escondida en la siguiente página.

En el siguiente vídeo.

En el siguiente relato.

La parte vergonzosa es que empecé a reconocer patrones que no quería reconocer.

No me interesaba solamente lo que ocurría.

Me interesaba la sensación de depender de algo externo.

La sensación de esperar.

La sensación de no decidir.

La sensación de recibir permiso.

Eso es mucho más difícil de admitir.

Porque ya no parece una fantasía.

Empieza a parecer una pregunta.

Y la pregunta es incómoda.

¿Por qué me afecta tanto la idea de que otra persona pueda decidir cuándo obtengo algo que deseo?

No hablo solo de sexo.

Ese es el problema.

La idea empezó a extenderse.

La encontraba en conversaciones.

En relaciones.

En pequeñas interacciones cotidianas.

Como si mi cabeza hubiera aprendido a detectar una estructura concreta y después empezara a verla en todas partes.

Hay días en los que pienso que lo he entendido.

Que ya sé de dónde viene.

Que ya no tiene poder sobre mí.

Y luego aparece algo mínimo.

Una frase.

Una escena.

Un recuerdo.

Y noto esa reacción inmediata que me devuelve al principio.

No es exactamente deseo.

No es exactamente miedo.

No es exactamente placer.

Es algo peor porque no sé nombrarlo.

A veces creo que lo que realmente me atrapa no es la recompensa.

Es la espera de la recompensa.

No la aprobación.

La posibilidad de obtenerla.

No el alivio.

La promesa del alivio.

Y cuando me doy cuenta de eso siento una vergüenza difícil de explicar.

Porque significa que durante años he estado alimentando algo que ni siquiera comprendía.

Pensaba que estaba explorando una curiosidad.

Ahora sospecho que la curiosidad me estaba explorando a mí.

Y esa idea sigue creciendo incluso cuando intento dejarla atrás.

Quizá porque ya no sé dónde termina lo que leo y dónde empiezo yo.

El cuello no lo estoy moviendo el registro no puede cerrar debería…