Para el activo, el momento en que la cuerda empieza a tomar peso y una extremidad abandona lentamente el suelo no se siente como una simple elevación.
Se parece más a una corrección.
Como si algo hubiera decidido reajustar el lugar exacto donde termina mi cuerpo y comienza la gravedad.
El Operador no tira de mí. Eso sería demasiado simple.
Lo que hace es desplazar el centro de la escena hasta que mi propio peso empieza a trabajar para él.
Hay un instante muy pequeño en el que todavía creo que puedo reorganizarme. Corregir la postura. Recuperar una sensación de equilibrio.
Ese instante desaparece.
La suspensión no me inmoviliza de golpe. Me convence.
Poco a poco descubro que ya no estoy distribuyendo mi peso como antes. Las articulaciones negocian entre sí. Los músculos hacen cálculos que nunca les pedí. Algo en la espalda intenta adaptarse. Algo en la pelvis intenta recordar una posición más cómoda.
Ninguna la encuentra.
En algún lugar cercano, una polea produce un chasquido breve.
Después silencio.
No sé por qué lo escucho tanto.
Tal vez porque ya he dejado de escucharme a mí mismo con la misma claridad.
La tensión se acumula de forma extraña. No como una herida ni como un esfuerzo. Más bien como una presencia.
Una presencia constante.
La cuerda parece saber exactamente dónde estoy incluso cuando yo ya no estoy tan seguro.
Hay una marca oscura en el techo que llevo varios minutos observando. Quizá siempre estuvo ahí. Quizá no. Cada vez que vuelvo a mirarla parece ligeramente distinta.
Es absurdo.
Y, sin embargo, sigo mirándola.
Bajo el rigor de la suspensión parcial, la realidad empieza a organizarse alrededor de unos pocos datos muy concretos: la presión sobre la muñeca, el tirón sostenido en el hombro, la respiración que entra un poco más despacio de lo habitual.
Y el peso.
Sobre todo el peso.
Mi propio peso se convierte en una conversación continua de la que ya no puedo salir.
Hay una contradicción que no termino de resolver.
Cuanto más consciente soy de cada centímetro de mi cuerpo, menos dueño me siento de él.
Debería preocuparme.
No lo hago.
O al menos no exactamente.
La atención se vuelve tan estrecha que cualquier detalle adquiere una importancia desproporcionada. El roce mínimo de una fibra. Un cambio de temperatura en la piel. El sonido de algo golpeando una tubería lejana.
Después nada.
Después otra vez mi pulso.
El tiempo deja de avanzar de manera normal.
Empieza a sedimentarse.
Capa sobre capa.
Como polvo blanco acumulándose sobre una estatua.
Como si la inmovilidad estuviera construyendo algo.
Al final, la suspensión ya no parece una técnica ni una posición.
Parece una arquitectura.
Una forma de permanecer.
Una forma de existir dentro de una tensión que no necesita resolverse.
Tengo que mover el cuello.
Lo pienso varias veces.
No estoy seguro de haberlo pensado una sola.
La marca del techo sigue allí.
La polea ya no suena.
Y durante unos segundos no sé si soy yo quien permanece suspendido o si es el resto de la habitación lo que ha quedado atrás.
El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…