El Trono de la Parálisis: La Silla de Restricción como Mecanismo de Fijeza Absoluta y Saturación Tónica

La silla estaba exactamente donde la recordaba.

Eso debería haberme tranquilizado.

No lo hizo.

La misma inclinación del respaldo.

La misma mancha oscura en una de las correas.

La misma grieta vertical atravesando la pared de cal.

Durante unos segundos me limité a observarla desde la puerta.

Tenía la sensación de haber entrado allí antes.

No esa mañana.

No la semana anterior.

Antes.

Mucho antes.

Como si la habitación hubiera permanecido esperándome mientras el resto del tiempo continuaba avanzando.

Sobre el asiento encontré una hoja doblada.

No recordaba haberla dejado allí.

La letra sí era mía.

La reconocí inmediatamente.

Lo extraño fue otra cosa.

Recordaba perfectamente haber escrito aquella nota.

Lo que no recordaba era haberla leído.

Solo había una frase.

«No te sientes todavía.»

Miré la silla.

Volví a mirar la nota.

Después la fecha.

La fecha pertenecía a mañana.

Permanecí inmóvil varios segundos.

La silla seguía exactamente igual.

La nota también.

Nada parecía interesado en explicarse.

El aire tenía ese olor seco que siempre aparecía antes de que comenzaran las anomalías.

Cal.

Hierro.

Polvo antiguo.

Algo más.

Algo parecido al interior de un archivo cerrado durante demasiado tiempo.

Avancé un paso.

Las correas no se movieron.

Sin embargo escuché el ruido de una hebilla ajustándose.

Muy cerca.

Como si alguien hubiera terminado de inmovilizar algo a mi espalda.

Me giré.

No había nadie.

Cuando volví a mirar la silla descubrí una segunda hoja.

No estaba allí antes.

O eso creía.

La recogí.

La misma letra.

La misma presión sobre el papel.

La misma inclinación de los trazos.

Esta vez la frase era distinta.

«Nunca llegaste a sentarte.»

La contradicción me produjo más alivio que miedo.

Por primera vez una nota no confirmaba nada.

Lo empeoraba.

Volví a observar el asiento.

Las marcas sobre los apoyabrazos parecían más profundas.

Como si hubieran soportado años de tensión acumulada.

O como si acabaran de producirse.

Abrí la galería del teléfono.

Había una fotografía reciente de la habitación.

La silla aparecía ocupada.

La imagen estaba desenfocada.

No era posible distinguir el rostro.

Amplié la captura.

Después otra vez.

No mejoró.

Entonces observé algo peor.

La fotografía había sido tomada tres meses antes de que yo entrara por primera vez en aquella habitación.

Seguí ampliando.

Había una nota sobre mis rodillas.

Podía leerla.

La letra era mía.

La frase también.

«Todavía crees que la silla está vacía.»

Sentí una tensión desagradable en la base del cuello.

No recordaba cuándo había empezado.

Quizá llevaba horas ahí.

Quizá semanas.

Quizá la fotografía la había dejado allí.

Guardé el teléfono.

La habitación permaneció inmóvil.

La silla también.

La sensación de familiaridad aumentó.

La misma luz.

La misma espera.

La misma impresión de haber llegado tarde a algo que ya había ocurrido.

Entonces vi una tercera hoja.

Asomaba bajo una de las patas delanteras.

No tuve que acercarme para reconocer la letra.

Ya sabía lo que encontraría.

O creía saberlo.

La nota decía:

«No vuelvas a comprobar la fecha.»

Naturalmente miré la fecha.

Había cambiado.

Tengo que mover el cuello.

O creo que tengo que moverlo.

La molestia ya estaba allí antes de que pensara en ella.

Revisé la fotografía una última vez.

Algo había cambiado.

La figura sentada en la silla ahora tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado.

Como si estuviera observándome.

Como si hubiera terminado de leer antes que yo.

Y entonces comprendí algo.

No sobre la silla.

No sobre las notas.

Sobre la fotografía.

No mostraba una habitación del pasado.

Mostraba una habitación esperando.

Tengo que mover el cuello…