Sade y el ‘Spanking’: El Registro del Impacto en el Archivo Biológico

Sade y la primera comprobación

La primera vez que Sade pensó en comprobarse a sí mismo no sabía que eso iba a repetirse.

No fue una decisión importante.

Fue casi un gesto.

Algo pequeño.

Como abrir una puerta sin motivo.

Después no pudo recordar si la había abierto él.

Eso fue lo primero.

Lo normal.

O lo que parecía normal.

Sade recuerda haber estado sentado.

La pantalla encendida.

La mano quieta.

Eso encaja.

Eso debería cerrar la escena.

Pero no la cierra.

Porque hay un segundo momento que no encaja con el primero.

El momento en que se da cuenta de que está comprobando que sigue ahí.

No su cuerpo.

No la habitación.

Él.

Pensó que era cansancio.

Esa explicación duró poco.

Porque el cansancio no explica por qué necesita comprobarlo otra vez incluso cuando ya lo ha comprobado.

Se levanta.

Se mira en el espejo.

Normal.

Se reconoce.

Eso debería ser suficiente.

Pero no lo es.

Porque el problema no es el reflejo.

Es el instante antes de reconocerlo.

Sade escribe algo para fijarlo.

“estoy aquí”

Luego no recuerda haberlo escrito.

Lo lee como si viniera de otro lugar.

Eso debería ser una prueba.

Pero las pruebas ya no funcionan como pruebas.

Funcionan como dudas repetidas.

Decide hacer una comprobación.

Camina por la habitación.

Cuenta los pasos.

Vuelve.

Todo coincide.

Eso debería cerrar el ciclo.

No lo cierra.

Porque empieza a sospechar algo peor.

Que el problema no es si está ahí.

Sino si fue él quien decidió empezar a comprobarlo.

Durante un instante cree que lo entiende.

La idea aparece.

Casi completa.

Pero no llega.

Se rompe antes.

Como si hubiera sido pensada por alguien que ya no está.

Sade se detiene.

No porque quiera.

Sino porque no sabe si detenerse es una acción o un resultado.

Hay un momento breve de claridad.

Demasiado breve.

En ese momento entiende algo incómodo.

Que lleva tiempo intentando encontrarse a sí mismo en el lugar equivocado.

No en lo que hace.

Sino en el momento justo antes de hacerlo.

Y entonces aparece la frase.

No como pensamiento.

Como retorno.

Tengo que comprobar que sigo siendo el que comprueba.

Y antes de terminar de pensarlo ya está haciéndolo otra vez.

No fue una transición clara.

No hubo un punto donde decidiera cambiar de tema.

Simplemente, en algún momento, la lectura dejó de parecer histórica.

Y empezó a parecer estructural.

Lo que había sido el Marqués de Sade ya no funcionaba como un objeto de estudio.

Funcionaba como un lente.

Algo a través de lo cual otras escenas empezaban a reorganizarse.

Al principio no lo reconocí.

Seguía leyendo sobre textos como Los 120 días de Sodoma y Justine o los infortunios de la virtud, como si todavía estuviera dentro de un marco literario.

Pero había una deriva.

Pequeña.

Persistente.

La idea de la mirada.

La idea de ver algo que no está dirigido a ti.

O peor aún: verlo sabiendo que no eres el centro.

No era una idea nueva.

Pero empezó a repetirse con una insistencia incómoda.

Como si Sade no estuviera hablando de escenas, sino de estructuras de percepción.

De cómo se organiza el deseo cuando deja de ser privado.

De cómo cambia la mente cuando el acceso ya no es exclusivo.

No era una cuestión moral.

Ni siquiera narrativa.

Era algo más básico.

El lugar desde donde se mira.

Y lo que ocurre cuando ese lugar deja de estar asegurado.

Ahí apareció el desplazamiento.

No como concepto claro.

Sino como sensación.

La sensación de que algunas formas de ver no están hechas para producir comprensión, sino inestabilidad.

Y empecé a notar algo que no había estado buscando.

Una figura que no tenía nombre estable en mi mente al principio.

Solo una escena repetida.

La presencia de un tercero.

No como personaje.

Sino como condición.

Algo que reorganiza el espacio sin tocarlo.

Algo que convierte la intimidad en observación.

Y la observación en evidencia.

Lo inquietante no era la escena.

Era la persistencia.

El hecho de que, igual que con Sade, volver no cerraba nada.

Solo afinaba la pregunta.

Qué significa mirar cuando la mirada ya no confirma nada.

Qué ocurre cuando el deseo deja de sostener exclusividad.

Y por qué, cuanto más intentaba pensarlo como una idea externa, más se parecía a algo interno.

No una fantasía.

Sino un tipo de estructura mental que se activa cuando la certeza del vínculo empieza a agrietarse.

Como si el mismo mecanismo que me había llevado a Sade ahora se desplazara hacia otra zona más concreta.

Más incómoda.

Más difícil de justificar.

Y lo más extraño era eso.

Que no lo estaba estudiando como un fenómeno.

Lo estaba reconociendo como un eco.

Como si algunas formas de ver no eligieran sus objetos.

Solo los encontraran.

Y los repitieran.


Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…