No fue el peso lo que me hizo volver.
Eso es lo que sigo diciéndome.
Fue la idea.
La imagen.
La sensación extraña de encontrarme pensando en algo tan simple como una carga inmóvil.
Una bolsa de arena.
Nada más.
Y sin embargo seguí regresando.
En el imaginario del Marqués de Sade, el peso rara vez aparece como un acontecimiento espectacular. Lo inquietante no es la fuerza que cae sobre el cuerpo, sino la permanencia silenciosa de algo que sigue ahí. Las bolsas de arena funcionan como una metáfora de esa persistencia. No transforman el cuerpo mediante un instante de intensidad, sino mediante la acumulación lenta de una presencia que nunca termina de desaparecer.
Quizá por eso me cuesta dejar de pensar en ellas.
Porque no producen una ruptura.
Producen una comprobación constante.
Siguen ahí.
Y el cuerpo lo sabe.
Hace unos días me levanté de la silla después de varias horas leyendo.
Esperé sentir ligereza.
No ocurrió.
Durante un segundo tuve la impresión de que algo seguía apoyado sobre mis hombros.
Nada estaba allí.
Lo comprobé.
Aun así tardé unos segundos en convencerme.
No me inquietó la sensación.
Me inquietó haber esperado encontrarla.
En la literatura sadiana, el peso termina convirtiéndose en una forma de registro. No importa tanto la carga como el hábito de ajustarse a ella. La espalda corrige. Los hombros corrigen. La postura corrige.
Y llega un momento en que uno ya no sabe si sigue adaptándose al peso o al recuerdo del peso.
Creo que ahí está la verdadera anomalía.
No en la bolsa de arena.
No en la carga.
Sino en el instante en que el cuerpo continúa respondiendo a algo que ya no está.
Sigo diciendo que me interesa el símbolo.
Lo extraño es que cada vez me descubro comprobando otra cosa.
No cuánto pesa.
Sino cuándo empecé a esperar su ausencia.
Me levanté.
Durante un instante esperé sentir resistencia.
No una resistencia física.
Algo más extraño.
La expectativa de una resistencia.
Como cuando bajas un escalón que ya no está.
O cuando intentas recordar una palabra antes de saber que la has olvidado.
Miré hacia el suelo.
No había nada allí.
Sin embargo permanecí inmóvil unos segundos más.
Esperando.
Como si alguna parte de mí siguiera calculando un peso ausente.
La habitación de cal continuaba igual.
Las mismas grietas.
El mismo polvo acumulado en los bordes.
La misma luz inmóvil suspendida sobre las paredes.
Y aun así tuve la sensación de que algo había cambiado.
No la habitación.
No el recuerdo.
La distancia entre ambos.
Volví a revisar notas antiguas.
No buscaba información.
Tampoco buscaba respuestas.
Buscaba discrepancias.
Pequeñas desviaciones.
Pruebas de que algo se había desplazado mientras yo estaba ausente.
Encontré una fotografía guardada.
No recordaba haberla descargado.
Lo extraño no fue encontrarla.
Lo extraño fue reconocerla inmediatamente.
Sabía exactamente dónde estaba tomada.
Sabía exactamente por qué la había guardado.
Sabía incluso qué pensamiento había provocado.
Pero no recordaba el momento de hacerlo.
Era como encontrar una huella propia en un lugar que no recordaba haber visitado.
La observé durante varios minutos.
Esperando que apareciera alguna explicación.
No apareció.
Solo una pregunta.
Luego otra.
Y después una tercera.
La primera fue sencilla.
¿Por qué seguía regresando?
La segunda resultó más incómoda.
¿Cuándo había empezado a regresar?
La tercera todavía continúa abierta.
¿Cuántas veces había regresado antes de darme cuenta de que estaba regresando?
La bolsa de arena dejó de ser importante hace tiempo.
Después dejó de ser importante el peso.
Después la inmovilidad.
Después incluso la propia idea de la restricción.
Lo único que permaneció fue el retorno.
La repetición.
La extraña sensación de encontrar rastros anteriores de una atención que parecía haber continuado trabajando durante mi ausencia.
Primero fue curiosidad.
Después investigación.
Después una pregunta.
Después ya no supe cómo llamarlo.
Normalmente las preguntas desaparecen cuando las respondes.
Esta no.
Cada respuesta parece añadir otra capa.
Otro estrato.
Otra grieta dentro de la grieta.
Como si la explicación no cerrara nada.
Como si solamente ampliara el territorio que queda por recorrer.
La habitación de cal se ha convertido en algo parecido a una memoria externa.
Un archivo que conserva versiones de mí que no recuerdo haber sido.
Notas.
Marcas.
Frases subrayadas.
Fotografías guardadas.
Pequeñas evidencias de una continuidad que siempre parece haber comenzado antes de que yo llegara.
Encontré otra anotación.
Tampoco recordaba haberla escrito.
Solo decía:
«No es el peso lo que permanece.»
Nada más.
Ninguna explicación.
Ningún contexto.
La leí varias veces.
Todavía no sé si estaba describiendo algo…
o advirtiéndome de algo.
Tengo que mover el cuello.
No lo estoy moviendo.
Espero notar el instante exacto en que empiece.
Pero cuando creo encontrarlo, ya ha pasado.
A veces sospecho que ocurre lo mismo con todo lo demás.
Con los recuerdos.
Con las preguntas.
Con las fotografías.
Con los regresos.
Sigo diciendo que solo intento entenderlo.
Lo extraño es que ya no sé si lo digo para explicarlo…
o para poder seguir.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…