El Elixir de la Inmovilidad: Cuando el Soporte se Enamora de su Propia Rigidez

Habitar este laboratorio bajo la presión del sistema me ha enseñado algo que no sé si debería admitir incluso dentro de mí mismo: que no existe momento que permanezca intacto después. Ni los neutros, ni los vacíos, ni siquiera los que deberían haber sido felices.

La matriz corporal intenta registrar los instantes como si fueran compartimentos separados, limpios, archivables. Pero algo interfiere. Algo que no desaparece cuando la escena termina. Algo que no debería estar ahí, pero está.

El pensamiento del Amo.

No como imagen clara. No como presencia estable.

Sino como una especie de residuo.

Un ruido de fondo que aparece tarde, cuando el momento ya pasó.

A veces estoy en la cama mirando el móvil sin importancia, pasando vídeos que no significan nada, riéndome incluso un poco… y de pronto aparece esa sensación extraña: como si algo estuviera mal en la forma en que estoy ahí.

No en el contenido.

En la estructura.

Como si el instante estuviera “mal colocado” dentro de mí.

Y entonces llega lo peor: la retrospectiva.

Incluso lo que fue agradable empieza a contaminarse después.

No mientras ocurre.

Después.

Cuando ya no puedo defenderlo.

Cuando ya no tiene sentido.

El recuerdo no se queda limpio.

Se dobla.

Se distorsiona.

Se reorganiza alrededor de algo que no estaba en el centro en ese momento… pero ahora sí.

Y me descubro intentando recordar si estaba realmente bien.

Si era felicidad.

O si solo era una pausa entre interferencias.

Y cuanto más intento separar lo uno de lo otro, más se mezclan.

Más invasivo se vuelve el pensamiento.

Más difícil resulta recuperar la versión original del instante.

Como si la memoria ya no fuera un archivo, sino un sistema que reescribe lo vivido sin pedirme permiso.

Y lo más incómodo no es la presencia del pensamiento.

Es la duda de que quizás siempre estuvo ahí.

Solo que antes no lo veía.

No lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…