No creo que todo empezara con un libro.
Aunque durante mucho tiempo me gustó contármelo así.
Suena mejor.
Más razonable.
Más limpio.
Encontré un autor.
Leí unas páginas.
Me interesó una idea.
Fin de la historia.
Pero no fue así.
Lo sé porque todavía tengo el cuaderno.
Está en el último cajón del escritorio.
Lo encontré hace unos meses mientras buscaba otra cosa.
Ni siquiera recordaba haber escrito en él.
La mayoría de las páginas están vacías.
Solo hay algunas notas dispersas.
Listas.
Horarios.
Números.
Y después, varias páginas seguidas donde la misma palabra aparece una y otra vez.
Subrayada.
Rodeada.
Escrita con letras cada vez más grandes.
Obedecer.
No recuerdo haber escrito aquello.
Sé que lo hice.
La letra es mía.
Pero no recuerdo hacerlo.
Eso debería preocuparme menos de lo que me preocupa.
Lo que realmente me inquieta es otra cosa.
La fecha.
Porque esas páginas son anteriores.
Mucho anteriores.
Meses antes de empezar a leer sobre dominación.
Meses antes de encontrar aquellos foros.
Meses antes de abrir aquellos libros.
Meses antes de saber siquiera que estaba buscando algo.
Durante días intenté explicarlo.
Alguna broma.
Algún contexto olvidado.
Alguna casualidad.
Pero seguía abriendo el cuaderno.
Y seguía viendo la misma palabra.
Obedecer.
No era una orden.
Ni siquiera parecía un deseo.
Parecía una pista.
Y eso es más difícil de soportar.
Porque una orden puede rechazarse.
Una pista te obliga a seguir mirando.
Recuerdo perfectamente una noche.
Estaba leyendo en la cama.
Nada especialmente intenso.
Solo experiencias de otras personas.
Relatos.
Reflexiones.
Confesiones.
Lo que más me sorprendía no era lo que contaban.
Era reconocerme en cosas que jamás había vivido.
Eso me producía una vergüenza extraña.
Como si estuviera copiando respuestas de un examen que todavía no había hecho.
Cerré el portátil.
Apagué la luz.
Intenté dormir.
Y entonces apareció una pregunta.
Pequeña.
Ridícula.
Persistente.
¿Por qué sigo leyendo?
No era una pregunta moral.
No me preguntaba si estaba bien o mal.
Me preguntaba por qué seguía volviendo.
Porque algo estaba ocurriendo.
Algo muy pequeño.
Cada vez que encontraba una descripción que me afectaba especialmente, sentía exactamente la misma sensación.
Una especie de alivio.
Un alivio breve.
Casi imperceptible.
Como cuando una palabra que llevas horas intentando recordar aparece de repente.
No era excitación.
Al menos no solamente.
Era reconocimiento.
Y el reconocimiento tiene algo inquietante.
Porque implica que ya conocías la respuesta.
Aunque no recuerdes cuándo la aprendiste.
Empecé a prestar atención.
A tomar notas.
No sobre el contenido.
Sobre mí.
Sobre mis reacciones.
Y entonces encontré algo peor.
Siempre reaccionaba antes.
Antes de comprender.
Antes de decidir.
Antes de formarme una opinión.
El cuerpo parecía llegar primero.
No de una manera dramática.
Nada espectacular.
Solo pequeños detalles.
La respiración.
La tensión en el cuello.
La necesidad de seguir leyendo una página más.
Luego otra.
Luego otra.
Como si la decisión ya estuviera tomada y mi conciencia estuviera ocupándose únicamente del papeleo.
Esa idea me acompañó durante semanas.
Hasta que ocurrió algo que todavía no consigo explicar.
Volví a abrir el cuaderno.
Las mismas páginas.
La misma palabra.
Obedecer.
Pero había algo diferente.
Una línea.
Una frase escrita debajo.
Nunca la había visto.
Estoy seguro.
La habría recordado.
Decía:
«No estoy buscando esto.
Estoy recordando dónde lo dejé.»
Me quedé inmóvil.
Mucho tiempo.
Quizá diez minutos.
Quizá más.
Lo extraño no fue encontrar la frase.
Lo extraño fue la sensación inmediata de familiaridad.
Como si ya la hubiera leído cientos de veces.
Como si hubiera estado esperando volver a encontrarla.
Busqué fotografías antiguas del cuaderno.
No encontré ninguna.
Busqué referencias.
Fechas.
Mensajes.
Cualquier cosa.
Nada.
La frase simplemente estaba allí.
Y desde entonces no he conseguido dejar de pensar en ella.
A veces intento convencerme de que exagero.
De que no significa nada.
De que es una coincidencia.
Entonces vuelvo a abrir el cajón.
Vuelvo a mirar la página.
Vuelvo a leer esas dos líneas.
La palabra.
La frase.
Y siento exactamente lo mismo.
No la sensación de descubrir algo.
La sensación mucho más incómoda de estar reconociendo algo que ya estaba esperándome.
Anoche volví a abrir el cuaderno.
Solo quería comprobar una cosa.
La fecha.
Pensé que quizá la había leído mal.
Pensé que quizá todo el problema estaba ahí.
En un error.
En una confusión.
Pero la fecha seguía siendo la misma.
Y había algo más.
Algo que no recuerdo haber visto antes.
Una marca en el borde inferior de la página.
Una pequeña mancha gris.
Como la huella de un dedo.
La observé durante varios minutos.
No porque fuera importante.
Porque tuve la sensación absurda de conocerla.
De haberla visto antes.
En algún sitio.
No sé dónde.
Todavía no lo sé.
Lo único que sé es que esta mañana, al abrir el cuaderno otra vez, la mancha había desaparecido.
Y la palabra seguía allí.
Obedecer.
Como si hubiera sido lo único que nunca se hubiera movido.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo el registro ya estaba sedimentado en la cal antes de que el estímulo tocara el tejido el sabor a cobre frío y tiza en la lengua es un residuo de la latencia del sistema la inercia pulsátil de la carne que registra se sostiene sin objeto el registro no puede cerrar debería…