Donatien Alphonse François de Sade no veía personas, veía ergonomía. En las 120 jornadas de Sodoma, las víctimas no solo sufren; se organizan. Se convierten en banquetas, en mesas de centro, en candelabros que respiran. Para el Marqués, el cuerpo humano es el material de construcción más versátil del mundo, uno que viene con calefacción interna y una capacidad de respuesta que el roble o el mármol jamás podrán ofrecer. La cosificación no es un insulto, es un ascenso: dejar de ser un sujeto errático para convertirse en un objeto con una función clara.
El roce de la silla contra mi espalda me recuerda que el diseño siempre es una imposición. Siento un pequeño calambre en el cuello mientras escribo, un tirón que me hace pensar que mi propia columna es solo el soporte de una pantalla que no me deja apartar la mirada.
El aire de esta habitación huele a plástico caliente y a ese aroma dulzón que desprenden las flores cuando empiezan a pudrirse en el jarrón. De repente, el oxígeno sabe a ceniza. Es la atmósfera del laboratorio donde la piel se vuelve cuero y el hueso, estructura.
La comodidad del objeto: El fin de la voluntad
Resulta fascinante que hoy nos gastemos miles de euros en sillas ergonómicas que «abrazan» nuestra anatomía, cuando Sade simplemente usaba la anatomía ajena para abrazar la suya. La salud mental se ha convertido en decoración, un papel pintado elegante para una cárcel vieja donde nos enseñan a ser «flexibles» en el trabajo, una palabra bonita para decir que esperan que nos doblemos como una bisagra bien engrasada. En Silling, la flexibilidad era un requisito físico; hoy es una exigencia del LinkedIn.
Un segundo más y empiezo a pensar en la última vez que sentí que mi cuerpo era mío y no una extensión del teclado.
Un cuerpo que sirve de mesa no tiene dudas existenciales. No tiene que elegir qué cenar ni qué carrera seguir. Hay una paz aterradora en la pérdida de la voluntad. Sade no buscaba solo el dominio; buscaba la armonía visual de un salón donde cada pieza de mobiliario fuera un testimonio de su poder. La carne es solo el textil de un diseñador que no acepta devoluciones.
Ergonomía del dominio: El peso de la mirada
Hay una contradicción sutil en el hecho de que nos horrorice la idea de ser un mueble y, al mismo tiempo, pasemos ocho horas al día siendo el soporte de una estructura corporativa que ni siquiera nos ve. Me duele la muñeca de tanto teclear, pensamientos que arruinarían mi vida social en ocho minutos si alguien pudiera leerlos, y aun así disfruto de cada golpe de falta de aire que me produce la tensión de este texto. La voluntad se siente acorralada cuando el entorno ha sido diseñado para que seas útil, no libre.
¿Quién se atreve a admitir que la cosificación es el alivio definitivo de la responsabilidad? La madurez en este siglo de algoritmos consiste en aceptar que ya somos muebles en el salón de alguien más. Sade simplemente tuvo la honestidad de quitarle el barniz a la idea. Al final, el diseño de interiores es la gestión de la obediencia, y el cuerpo es el único material que todavía no hemos aprendido a reciclar del todo.
Inventario de la sala de estar libertina
Exploramos un mapa donde la utilidad es la única ética permitida. El fetiche del «confort total» es el envoltorio brillante de un mecanismo que busca que nos quedemos quietos, asumiendo nuestra forma asignada. Somos sujetos que simulan profundidad mientras funcionamos como simples puntos de apoyo en la arquitectura del capital, olvidando que el soberano de Sade no buscaba belleza, buscaba que la carne se adaptara al ángulo de su capricho.
Tal vez el deseo sea solo el nombre que le damos al hambre de ser usados por alguien que sepa qué hacer con nosotros.
Tal vez, si dejáramos de fingir que somos sujetos soberanos, empezaríamos a disfrutar de la estabilidad de ser un objeto. O quizá simplemente nos quedaríamos ahí, esperando a que alguien nos cambie de sitio para que nos dé un poco más el sol.
Mañana volverás a sentarte frente a tu escritorio, ajustando tu anatomía a la forma que el mundo espera de ti. Fingirás que tu postura es una elección, mientras tus vértebras crujen bajo el peso de una rutina que te ha convertido en el soporte de tus propios miedos. El único cuerpo que realmente te importa es el tuyo, y solo cuando notas que alguien te mira no como a una persona, sino como a un obstáculo o un recurso. El resto es solo el brillo de la pantalla devolviéndote el reflejo de una pieza de mobiliario que todavía cree que puede salir corriendo.