Hay algo que no encaja.
No en la pantalla.
En el gesto.
Abro la pestaña.
Creo que ya estaba abierta.
La cierro.
No estoy seguro de haberla cerrado.
Vuelvo a abrirla.
Esta vez más despacio.
Como si eso cambiara algo.
Empiezo a sospechar algo pequeño.
No sé si la pestaña cambia.
O si cambia algo en mí cada vez que la miro.
Eso no debería importar.
Pero empieza a importar antes de que lo piense.
La taza está al lado del teclado.
No recuerdo haberla movido hoy.
Pero ya no es la primera vez que la miro.
La toco.
Fría.
No es la taza lo extraño.
Es que la compruebo sin decidirlo del todo.
Vuelvo a la pestaña.
La cierro otra vez.
Y otra vez está abierta.
O lo parece.
Empiezo a hacer algo distinto.
No cierro para cerrar.
Cierro para ver si cierro.
Y eso cambia todo.
Empiezo a sospechar algo más incómodo.
No estoy comprobando la pestaña.
Pero todavía no puedo decir qué estoy comprobando.
Hay algo extraño en las cosas que dependen de mí.
No en las cosas que miro.
En las cosas que tengo que iniciar.
El cuello.
No sé por qué aparece ahora.
Pero encaja.
Demasiado bien.
Tengo que moverlo.
Lo pienso.
Pero antes de pensarlo ya está ligeramente movido.
Eso no es lo importante.
Lo importante es que ya no sé si lo inicié yo.
La pestaña sigue abierta.
O la estoy volviendo a abrir ahora.
No sé si estoy escribiendo esto para explicarlo.
O para comprobar algo más simple.
Si todavía puedo parar.
Y lo peor es que no sé si escribirlo es la prueba de que puedo hacerlo.
O la prueba de que ya estoy siguiendo.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería…