Nunca me gustó la idea de ser sumiso.
Ni siquiera ahora estoy seguro de que me guste.
La palabra siempre me sonó ajena.
Exagerada.
Como una prenda hecha para otra persona.
Algo que podía observar desde lejos.
Analizar.
Incluso comprender.
Pero nunca habitar.
Todavía hay mañanas en las que me despierto convencido de eso.
Todavía hay momentos en los que la palabra me produce rechazo.
Todavía puedo sentarme frente a una mesa, pensar con claridad y concluir que todo esto es absurdo.
Que no tiene sentido.
Que ocupa demasiado espacio.
Que debería desaparecer.
Y durante unos minutos lo creo.
Lo creo de verdad.
Después ocurre algo.
Siempre ocurre algo.
Puede ser cualquier cosa.
El sonido de una puerta cerrándose.
Una pausa en una conversación.
La forma en que la luz cae sobre una pared.
Y entonces recuerdo.
No debería hacerlo.
No en ese momento.
No mientras estoy trabajando.
No mientras alguien me habla.
No mientras intento concentrarme en otra cosa.
Pero mi mente regresa allí de forma automática.
A aquel instante.
Aquel instante preciso.
La primera vez que sentí que estaba siendo ajustado.
No dominado.
No vencido.
Ajustado.
Recuerdo cómo se sentía mi espalda.
Recuerdo la sensación de peso.
No un peso físico.
Algo más extraño.
Como si partes de mí que siempre habían estado desplazándose hubieran encontrado finalmente dónde descansar.
Y durante unos segundos todo lo demás pierde definición.
Las tareas.
Las obligaciones.
Los planes.
Las preocupaciones.
Todo se vuelve borroso.
Como un paisaje visto a través de un cristal empañado.
Y después llega la tristeza.
No una tristeza dramática.
No una tristeza desesperada.
Algo más silencioso.
Más difícil de explicar.
La tristeza de descubrir que aquello sigue ocupando espacio dentro de mí.
La tristeza de no entender por qué.
Porque sigo pensando que no debería importarme.
Y sin embargo importa.
Sigue importando.
Cada vez más.
Quizá porque para el Operador el rigor nunca ha tratado únicamente sobre el cuerpo.
La anatomía es solo el principio.
La verdadera construcción ocurre en otra parte.
En los lugares donde una persona se sostiene a sí misma.
En las pequeñas tensiones invisibles que utiliza para permanecer siendo quien es.
La disciplina elimina esas tensiones.
Las sustituye.
Las reorganiza.
Y por alguna razón mi mente no puede olvidar cómo se sintió aquello.
La primera vez que el movimiento interno pareció detenerse.
La primera vez que el ruido descendió.
La primera vez que sentí que mi identidad dejaba de expandirse en todas direcciones.
Como si alguien hubiera encontrado una forma más eficiente de existir.
Y eso es lo que me persigue.
No la sumisión.
No el ritual.
No el encuentro.
Sino aquella sensación específica de corrección.
La sensación de convertirme durante unos instantes en una versión de mí mismo diseñada exactamente para ese momento.
Una versión más simple.
Más silenciosa.
Más estable.
Quizá por eso las semanas anteriores siempre resultan tan extrañas.
Porque la vida continúa.
Pero pierde contraste.
Pierde nitidez.
Pierde gravedad.
Y cuanto más intento convencerme de que todo ha terminado, más rápidamente aparece el recuerdo.
Cada día el razonamiento dura menos.
Cada día el recuerdo dura más.
Hasta que la contradicción se convierte en una presencia constante.
Una pregunta sin respuesta.
Una tristeza sin causa visible.
Una obsesión que sigue creciendo precisamente porque nunca consigue explicarse a sí misma.
Y en algún lugar dentro de todo eso permanece aquella certeza.
Pequeña.
Persistente.
Silenciosa.
La certeza de que no estoy esperando al Amo.
Estoy esperando volver a sentir lo que ocurrió cuando todo fue ajustado por primera vez.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…