Lo que más me irrita es que él probablemente no lo piensa tanto.
Esa es la parte que nunca consigo digerir.
Yo sigo aquí.
Días después.
Repasando detalles inútiles.
Recordando cosas que ni siquiera deberían haber quedado registradas.
Y mientras tanto imagino que para él fue simplemente otra sesión.
Otro proceso.
Otro ajuste.
Otra tarde.
No me gusta admitirlo.
Porque cuanto más espacio ocupa en mi cabeza, más ridícula parece la situación.
No quiero ser sumiso.
Nunca he querido verme de esa manera.
No me gusta la palabra.
No me gusta lo que implica.
No me gusta descubrir hasta qué punto una persona puede alterar la forma en que percibes el resto de tu vida.
Y sin embargo algo se desplazó.
Algo pequeño.
Algo que todavía no sé localizar.
Recuerdo una sesión concreta.
No recuerdo todo.
Eso es lo extraño.
Las partes importantes aparecen borrosas.
Las órdenes exactas.
Las conversaciones.
Incluso algunos momentos del propio proceso.
Todo eso parece lejano.
Pero recuerdo el suelo.
Lo recuerdo perfectamente.
Recuerdo que pasé muchísimo tiempo mirándolo.
Porque era lo único que podía hacer.
Esperar.
Mantenerme allí.
Sin saber cuánto faltaba.
Sin saber qué estaba evaluando exactamente.
Sin saber cuándo consideraría terminado el proceso.
Y durante toda esa espera observé las mismas cosas una y otra vez.
Una acumulación de polvo junto a una junta del suelo.
Un cabello atrapado debajo de una esquina del rodapié.
Y un fragmento diminuto de plástico transparente.
Un triángulo casi microscópico.
Una de sus esquinas estaba rota.
Nunca entendí de dónde había salido.
Pero seguía allí.
Durante minutos.
Quizá durante horas.
No lo sé.
El tiempo se volvió extraño.
Y ahora, meses después, sigo recordándolo.
El plástico.
El polvo.
La grieta en la junta.
Mientras otras cosas mucho más importantes desaparecen.
Eso es lo que me preocupa.
Porque empiezo a sospechar que la obsesión funciona así.
No se instala en los grandes momentos.
Se instala en los espacios vacíos.
En los minutos de espera.
En los segundos donde no ocurre nada.
En los momentos donde únicamente permaneces allí mientras otra persona continúa con algo que parece mucho más importante que tú.
A veces intento reconstruir la sesión.
Intento recordar qué hizo exactamente.
Qué dijo.
Qué corrigió.
Pero la memoria se niega.
En cambio recuerdo el sonido.
Un ruido metálico breve.
El roce de una silla desplazándose unos centímetros.
Un objeto apoyándose sobre una mesa.
Su respiración cuando estaba concentrado.
Y sobre todo los intervalos.
Los silencios.
Porque los silencios eran peores.
Durante los silencios mi imaginación trabajaba sola.
Y todavía lo hace.
Ahí es donde empezó todo.
No en el control.
No en las órdenes.
No en la obediencia.
En la espera.
En descubrir que una parte de mí estaba pendiente de la siguiente corrección.
Del siguiente ajuste.
Del momento en que volvería a intervenir.
Y cuanto más intentaba convencerme de que aquello no importaba, más importante parecía volverse.
Esa es la contradicción que no consigo resolver.
Porque sigo rechazándola.
Sigo sintiendo rechazo.
Sigo pensando que no quiero esto.
Pero la imagen vuelve.
Siempre vuelve.
No la imagen de un Amo poderoso.
No la fantasía evidente.
Sino algo mucho más pequeño.
Mucho peor.
La imagen de mí mismo mirando el suelo.
Observando aquel diminuto triángulo de plástico roto.
Esperando.
Esperando.
Esperando.
Mientras todo lo demás empezaba a perder definición alrededor de él.
El cuello se bloquea en un ángulo que ya no es técnico sino definitivo tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…