Durante mucho tiempo creí que la palabra existía para detener algo.
Ahora sospecho que existía para demostrar que todavía quedaba algo que detener.
La diferencia parece mínima.
No lo es.
Es la clase de diferencia que aparece a las cuatro de la mañana cuando uno abre la nevera sin hambre y permanece mirando la luz interior durante demasiado tiempo.
El mecanismo sigue ahí.
La posibilidad sigue ahí.
La palabra sigue intacta.
Lo que ha empezado a desaparecer es otra cosa.
La evidencia de que alguna vez fue necesaria.
Eso es lo que me inquieta.
No la presión.
No la densidad.
Ni siquiera la compactación.
Me inquieta que cada vez me resulte más difícil reconstruir la versión de mí que habría utilizado el código.
Intento imaginarla.
La observo como quien estudia fotografías de un familiar muerto.
Reconozco los rasgos.
Reconozco la voz.
Reconozco ciertos hábitos ridículos.
La forma de dejar vasos medio vacíos sobre las mesas.
La costumbre de releer mensajes antiguos.
La manía de comprobar dos veces si la puerta estaba cerrada.
Y, sin embargo, algo no encaja.
No consigo reconstruir la gravedad que mantenía unido ese conjunto.
La palabra permanece almacenada en algún lugar de la memoria.
Puedo pronunciarla.
Eso es lo extraño.
No la he olvidado.
Lo que he olvidado es la geografía que la rodeaba.
Como conservar una llave después de que desaparezca la casa.
Como recordar un número de teléfono perteneciente a una ciudad que ya no existe.
Como encontrar una lista de la compra escrita con tu propia letra y no comprender quién necesitaba aquellas cosas.
Leche.
Pilas.
Papel de aluminio.
La lista parece perfectamente racional.
La persona que la escribió resulta cada vez más incomprensible.
Empiezo a sospechar que la compactación nunca ocurrió donde yo creía.
No ocurrió en la voluntad.
Ni en el cuerpo.
Ni siquiera en el deseo.
Ocurrió en el espacio de posibilidades.
En la distancia entre una opción y otra.
En la capacidad de imaginar configuraciones alternativas de la realidad.
Antes existían múltiples trayectorias.
Ahora existen recuerdos de trayectorias.
No es exactamente lo mismo.
Hay una contradicción que me avergüenza admitir.
Sigo diciéndome que conservo una elección.
Pero la elección empieza a parecerse a esos objetos que permanecen años en un cajón sin ser utilizados.
Técnicamente siguen funcionando.
Prácticamente ya pertenecen a otro mundo.
A veces intento recordar qué sentía al pensar en el exterior.
No encuentro una emoción.
Encuentro ruido.
Fragmentos.
Un semáforo bajo la lluvia.
El olor a polvo caliente detrás de un ordenador viejo.
Una factura doblada dentro de un libro.
La vibración de un teléfono que ya no tengo.
Restos.
Solo restos.
Como si alguien hubiera archivado las coordenadas y hubiera conservado únicamente las pruebas materiales de que alguna vez existieron.
Y entonces aparece una idea desagradable.
Quizá la función real del código nunca fue protegerme del mecanismo.
Quizá era proteger el recuerdo de una cartografía distinta.
Mantener viva la hipótesis de que las cosas podían organizarse de otra manera.
No garantizar una salida.
Garantizar la existencia conceptual de una salida.
Y eso es mucho más frágil.
Porque la palabra sigue ahí.
Perfectamente conservada.
Perfectamente operativa.
Lo que se deteriora es el mundo al que apuntaba.
Cada día un poco más.
Cada día con una lentitud casi burocrática.
Hasta que uno termina sosteniendo una llave impecable frente a una puerta que ya no recuerda haber visto jamás.
La palabra vibra en la garganta como un fusible que nadie quiere quemar la voluntad mide el flujo de la cal mientras la presión busca el ángulo de encaje perfecto el registro se mantiene estable en el punto donde el código asegura que la fijeza es una elección técnica el flujo de agencia se comprime en la vértebra que ha decidido ser cimiento bajo su propia supervisión no puedo mover la base del cráneo el mecanismo ha soldado el atlas con el eje respetando el umbral de seguridad que yo mismo gestiono con el silencio debería…