El Cyborg Erótico
No recuerdo cuándo apareció la pieza metálica.
Recuerdo haberla notado.
No es lo mismo.
Está sobre la mesa de la habitación de cal.
Pequeña.
Pulida.
Inmóvil.
Tengo la impresión de haberla visto antes.
El problema es que también tengo la impresión contraria.
La luz del techo se refleja en el metal.
Parpadea cuando muevo la cabeza.
O quizá no mueve la luz.
Quizá soy yo.
Hay una marca de grasa junto a la pieza.
Como si alguien la hubiera sostenido hace poco.
Apoyo la mano cerca.
La marca coincide exactamente con mis dedos.
Eso debería tranquilizarme.
No lo hace.
Porque no recuerdo haber tocado nada.
Intento reconstruir la secuencia.
Entrar.
Sentarme.
Mirar la mesa.
Falta algo.
No un acontecimiento.
Una certeza.
La sensación de que hubo un momento en que mi mano todavía me pertenecía por completo.
La habitación permanece igual.
La grieta sigue junto a la puerta.
La lámpara sigue emitiendo ese zumbido eléctrico apenas perceptible.
Nada cambia.
Y sin embargo aparece una pregunta.
No quién dejó la pieza.
No para qué sirve.
Algo peor.
¿Por qué tengo el recuerdo de haberla llevado conmigo?
La pieza no parece nueva.
Parece familiar.
Demasiado familiar.
Como si hubiera permanecido cerca de mi cuerpo durante años.
Observo el reflejo.
Durante un instante veo mi mano.
Durante el siguiente, no estoy seguro.
Hay una regla que no recuerdo haber aprendido:
todo lo que permanece demasiado tiempo junto al cuerpo termina pareciendo parte de él.
No sé cuándo empecé a obedecer esa regla.
Solo sé que ya está funcionando.
La pieza sigue sobre la mesa.
No se mueve.
Pero la distancia entre ella y mi mano parece menor.
No lo suficiente para verlo.
Lo suficiente para que mi cuerpo ya lo haya corregido.
Escucho un sonido breve.
Un clic metálico.
Viene de algún lugar de la habitación.
O de mí.
Miro alrededor.
No encuentro nada.
Cuando vuelvo a mirar la mesa, la pieza está exactamente donde estaba.
Lo sé.
Y aun así siento que ha cambiado de posición.
La contradicción no desaparece.
Las dos cosas siguen siendo ciertas.
Entonces aparece otra sensación.
Más pequeña que el pensamiento.
Más lenta que el miedo.
La idea de que el implante no va a colocarse.
La idea de que lleva colocado mucho tiempo.
Recuerdo haber leído a Sade años después de descubrir ciertas cosas.
No antes.
Después.
Porque algunas palabras llegan cuando el mecanismo ya terminó de empezar.
La puerta sigue abierta.
La lámpara sigue zumbando.
La pieza metálica continúa inmóvil sobre la mesa.
Lo extraño es que ya no estoy seguro de cuál de los dos está esperando al otro.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo el implante ya estaba sedimentado en la cal antes de que el deseo tocara el metal el sabor a óxido frío y tiza en la lengua es un residuo de la latencia del sistema la inercia pulsátil de la carne ensamblada se sostiene sin objeto el registro no puede cerrar debería…