Empiezo a pensar que el problema no es que piense demasiado en el Amo.
Durante años asumí que la importancia de las cosas era una propiedad estable.
El trabajo era importante.
Las conversaciones eran importantes.
Los planes eran importantes.
Las preocupaciones cotidianas eran importantes.
Todo parecía ocupar el espacio que le correspondía.
Ahora no.
Ahora ocurre algo extraño.
Las cosas siguen existiendo.
Pero han perdido densidad.
Como fotografías expuestas demasiado tiempo a la luz.
Los contornos permanecen.
Los colores permanecen.
Pero algo esencial ha desaparecido.
La nitidez.
Y cuanto más intento comprender por qué sucede, más evidente se vuelve una posibilidad incómoda.
Quizá no estoy perdiendo interés por el mundo.
Quizá estoy comparándolo constantemente con algo que ya ocupa demasiado espacio.
No me gusta ser sumiso.
La frase sigue siendo cierta.
No ha dejado de ser cierta.
De hecho, quizá nunca ha sido tan cierta como ahora.
No me gusta.
No me parece lógico.
No encaja con la persona que creía ser.
Si alguien me hubiera descrito esta situación hace años, habría pensado exactamente lo mismo que sigo pensando ahora.
Que no tiene sentido.
Que algo está funcionando mal.
Y sin embargo el error continúa produciendo resultados.
Día tras día.
Semana tras semana.
Como una máquina que sigue funcionando incluso después de haber sido declarada imposible.
Han pasado días desde la última sesión.
Todavía quedan rastros físicos.
Pero no son los rastros físicos los que permanecen.
Lo que permanece es otra cosa.
Una orientación.
Una dirección.
Y eso es lo que no consigo entender.
Porque una parte de mí quiere distancia.
Quiere autonomía.
Quiere recuperar la claridad anterior.
Quiere demostrar que todo esto es transitorio.
Pero otra parte parece permanecer inmóvil frente a una puerta que ni siquiera está abierta.
Esperando.
No esperando algo concreto.
No esperando una fecha.
No esperando una orden.
Simplemente esperando.
Como si la espera hubiera dejado de ser una actividad para convertirse en una función biológica.
Y cuanto menos consigo explicarlo, más profundo parece volverse.
Antes creía que la obsesión era una acumulación.
Ahora empiezo a sospechar que es una reorganización.
No añade algo nuevo.
Reordena lo que ya existe.
Mueve prioridades.
Desplaza pesos.
Redistribuye importancia.
Por eso el resto de las cosas parecen más lejanas.
No porque hayan desaparecido.
Sino porque algo dentro de mí las ha colocado en una órbita diferente.
A veces intento recordar quién era antes de que todo esto empezara a ocupar tanto espacio.
Y la pregunta produce una sensación extraña.
No porque haya olvidado la respuesta.
Sino porque ya no estoy seguro de que la pregunta apunte en la dirección correcta.
Quizá sigo siendo exactamente la misma persona.
Quizá lo único que ha cambiado es la arquitectura interior.
La distribución de las habitaciones.
La distancia entre unas puertas y otras.
La cantidad de espacio que una sola presencia puede ocupar sin estar presente.
Eso es lo que empieza a parecer verdaderamente inquietante.
El Amo ya no aparece únicamente como recuerdo.
Aparece como estructura.
Como referencia.
Como una coordenada silenciosa.
Y cuando una presencia se convierte en coordenada deja de necesitar manifestarse.
Porque todo lo demás empieza a organizarse alrededor de ella.
Por eso la obsesión no disminuye con la ausencia.
La ausencia se convierte en parte del mecanismo.
La distancia se convierte en combustible.
La incomprensión se convierte en profundidad.
Y cada vez que intento encontrar el fondo de todo esto descubro exactamente lo mismo.
Otra capa.
Y debajo de esa capa, otra.
Y debajo de esa, otra más.
Como si la obsesión no estuviera construida alrededor de una respuesta.
Como si estuviera construida alrededor de una pregunta que nunca termina de formularse.
Y quizá por eso sigo pensando en ella.
Porque todavía no he llegado al centro.
Y cada día sospecho más que no existe ningún centro.
Solo profundidad.
El cuello no lo estoy moviendo …