La Anatomía de la Ofrenda: El Registro de la Carne Expiatoria y el Mecanismo del Sacrificio

El registro de la carne expiatoria, en el mecanismo de la ingeniería de la fijeza, no empieza como un ritual.

Empieza antes de que pueda reconocerlo como ritual.

Hay un instante en el que el cuerpo ya está preparado para algo que la mente todavía no ha nombrado.

No hay altar todavía.

Solo una sensación de superficie demasiado quieta.

Estoy de pie.

Creo que no pasa nada.

Pero la piel del antebrazo está más tensa de lo que recuerdo.

No sé cuándo ocurrió.

La mesa tiene una marca oscura que no estaba antes.

No parece sangre.

Tampoco parece suciedad.

Parece algo que el objeto dejó mientras yo no miraba.

Me quedo ahí.

Sin moverme.

No porque haya peligro.

Sino porque el movimiento no termina de empezar.

El cuchillo está sobre la mesa.

Eso es lo extraño.

No como amenaza.

Como confirmación.

Como si su sola presencia ya hubiera terminado algo que no llegó a suceder.

Intento pensar en Sade.

La idea no encaja todavía.

Aquí no organiza nada.

Solo llega después.

Demasiado tarde para explicar lo que ya está ocurriendo.

Me doy cuenta de algo mínimo.

La mano está más cerca del filo de lo que debería.

No recuerdo haberla acercado.

Y sin embargo está ahí.

Como si el espacio hubiera decidido la distancia sin consultarme.

La habitación de cal no cambia.

Eso es lo que incomoda.

Nada reacciona.

Pero todo registra.

En el suelo hay un objeto pequeño.

Metálico.

Frío.

Lo levanto.

No sirve para nada visible.

Pero pesa como si tuviera una función que ya fue usada.

Durante un segundo pienso que podría dejarlo caer.

No lo hago.

No por decisión.

Sino porque el gesto ya está dividido antes de ejecutarse.

Hay una contradicción muy simple:

no hay orden,

pero tampoco hay salida.

Camino un paso.

El suelo no responde igual bajo cada pie.

No es inestabilidad.

Es una diferencia de aceptación.

Como si una parte del suelo hubiera decidido quedarse conmigo.

Y la otra no.

Me detengo.

Demasiado tarde.

No por lo que hice.

Sino porque ya lo he hecho sin haberlo decidido.

Y entonces ocurre algo más lento que el pensamiento:

la sensación de que el acto no me pertenece, pero tampoco me abandona.

Solo permanece.

Como una marca que no termina de fijarse.

Y sigo ahí.

Sin saber si estoy dentro del cuarto.

O si el cuarto ya terminó de usarme como medida.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo..