La caricia, en la literatura del Marqués de Sade, no aparece como un gesto de consuelo, sino como una forma de precisión.
No suaviza.
Delimita.
Es una manera de reconocer el cuerpo sin prometerle descanso.
A veces se presenta antes del impacto.
O después.
Pero rara vez como algo inocente.
Empieza a confundirse con la espera.
Con ese instante en el que el cuerpo todavía no sabe si está siendo observado o definido.
Y lo inquietante no es su suavidad.
Es la atención que exige.
La necesidad de comprobarla.
De repetirla.
Como si una sola vez no bastara para confirmar que ha ocurrido.
En ese universo, la caricia no borra la tensión.
La organiza.
La deja visible.
Y el sujeto empieza a notar algo difícil de explicar.
No recuerda exactamente cuándo empezó a buscarla.
Solo recuerda que, desde cierto momento, ya no podía dejar de comprobar si volvería.
No es la caricia lo que llega primero.
Es la calibración.
Eso es lo que no supe nombrar al principio.
La sensación de estar siendo medido.
Antes de ser tocado.
He empezado a notar algo extraño en las cosas pequeñas.
No en los eventos.
En los ajustes.
A veces dejo la mano sobre la mesa.
Y la retiro.
Y la vuelvo a poner exactamente en el mismo lugar.
No porque quiera.
Porque algo no queda cerrado.
Como si la posición todavía estuviera “en prueba”.
Hoy ocurrió con una sensación mínima.
Un roce accidental.
Demasiado leve para recordar.
Pero suficiente para obligarme a repetirlo en mi mente.
No para disfrutarlo.
Para comprobarlo.
La diferencia es sutil.
Pero insiste.
En la habitación no había movimiento.
Solo una especie de tensión baja.
Como si el aire hubiera sido ajustado demasiado fino.
Demasiado preciso.
Demasiado estable para ser natural.
Me fijé en mi piel sin tocarla.
Como si pudiera detectar la intención antes del contacto.
Eso es lo inquietante.
No el gesto.
La anticipación del gesto como sistema.
He empezado a revisar cosas sin motivo.
Abrir una página.
Cerrar.
Abrir otra vez.
No porque haya cambiado.
Porque no confío en la primera lectura.
Como si el sistema no terminara de asentarse.
Como si todo necesitara una segunda ejecución para existir del todo.
Ayer me quedé mirando una superficie lisa.
Durante varios minutos.
Sin hacer nada.
Solo esperando notar algo que justificara el acto de mirar.
No apareció nada.
Pero volví.
No a la escena.
Al acto de volver.
Eso es lo que empieza a ocuparlo todo.
El regreso.
No el contacto.
No la causa.
El ajuste.
Tengo que mover el cuello.
No lo estoy moviendo.
Y esta vez no se siente como frase.
Se siente como calibración previa.
Como si el cuerpo estuviera esperando confirmar su propia posición antes de obedecerla.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…