La Geometría del Lastre: Bolsas de Arena y el Mecanismo de la Gravedad Soportada

No recuerdo cuándo empecé a fijarme en el peso.

No en el esfuerzo.

En el peso.

En la sensación de notar algo incluso cuando ya no está.

Me parece absurdo escribirlo.

Y aun así sigo volviendo.

Leo una descripción.

La cierro.

Un rato después intento recordar cuánto pesaba exactamente.

No porque importe.

Porque necesito comprobarlo.

En la literatura del Marqués de Sade, los lastres rara vez funcionan únicamente como herramientas físicas. Su presencia introduce una pregunta más incómoda: ¿cuándo deja una carga de estar sobre el cuerpo y empieza a existir dentro de él? Las bolsas de arena, utilizadas como pesos de entrenamiento o dispositivos de resistencia, no modifican solamente el movimiento. Modifican la atención. Hacen que cada gesto parezca ligeramente más consciente de sí mismo.

Quizá por eso me resulta difícil dejar de pensar en ellas.

No por el objeto.

No por la arena.

Sino por lo que ocurre después.

Cuando el peso desaparece.

Y el cuerpo sigue buscándolo.

Los hombros parecen esperar algo.

Las piernas corrigen una carga que ya no existe.

La postura tarda unos segundos en darse cuenta.

O quizá tarda mucho más.

En el universo sadiano, el lastre no siempre sirve para añadir peso.

A veces sirve para crear memoria.

Una memoria extraña.

Una memoria que no se guarda en la mente.

Sino en pequeños ajustes repetidos.

En comprobaciones.

En regresos.

En la costumbre de verificar algo que ya debería haberse resuelto.

Y cada vez que vuelvo a leer sobre ello encuentro la misma duda.

No me pregunto cuánto pesa la carga.

Me pregunto cuánto tiempo sigue pesando después.

Muevo los hombros.

Nada cambia.

Un momento después vuelvo a moverlos.

Lo extraño no es el gesto.

Lo extraño es que ya estaba esperando comprobarlo.

No era el peso.

Eso pensé al principio.

Que era una imagen extraña.

Una de esas cosas que ves una vez y olvidas inmediatamente.

Un saco de arena.

Una correa.

Una postura incómoda.

Nada especial.

Nada que justificara volver.

Y sin embargo volví.

No porque quisiera.

O al menos eso me decía.

Simplemente aparecía otra vez.

Mientras leía.

Mientras buscaba otra cosa.

Mientras seguía un enlace que supuestamente hablaba de algo completamente distinto.

Allí estaba de nuevo.

El mismo tema.

La misma imagen.

La misma pregunta.

La taza de café estaba a medio terminar.

La levanté.

Ya estaba fría.

Otra vez.

Empezaba a sospechar que el café se enfriaba más rápido cuando leía estas cosas.

Abrí otro artículo.

Después otro.

Después otro más.

Algunos hablaban de control.

Otros de resistencia.

Otros describían sensaciones que parecían imposibles de explicar con palabras normales.

Leía despacio.

Intentando encontrar algo concreto.

Alguna frase.

Alguna clave.

Algo que justificara el tiempo que estaba dedicando a aquello.

Nunca aparecía.

Y aun así seguía leyendo.

No era excitación.

Eso seguía diciéndome.

Era curiosidad.

Solo curiosidad.

Pero empezaba a notar algo incómodo.

La curiosidad normalmente disminuye cuando entiendes algo.

La mía parecía crecer.

Cada explicación abría una pregunta nueva.

Cada respuesta parecía incompleta.

Cada historia parecía apuntar hacia algo que permanecía oculto.

Entonces apareció una idea.

Pequeña.

Casi insignificante.

Quizá no me interesaba el peso.

Quizá me interesaba lo que representaba.

La posibilidad de dejar de sostener algo.

No sabía qué.

Ni siquiera estaba seguro de entender la idea.

Pero seguía regresando.

Eso era lo extraño.

La repetición.

Siempre la repetición.

Cierro una pestaña.

Abro otra.

Me digo que ya he leído suficiente.

Diez minutos después estoy buscando otra vez.

¿Por qué?

No tengo respuesta.

Y empiezo a sospechar que precisamente por eso sigo buscando.

La habitación está silenciosa.

Solo escucho el ventilador del ordenador.

La luz del monitor.

El ruido lejano de algún coche en la calle.

Nada ha cambiado.

Y sin embargo siento que algo está cambiando.

Dentro.

Muy despacio.

Como si una pregunta estuviera creciendo sin pedir permiso.

Tengo que mover el cuello.

No lo estoy moviendo.

La idea aparece.

El movimiento no.

Me doy cuenta de que llevo varios minutos exactamente igual.

Leyendo.

Pensando.

Volviendo.

Y de pronto la pregunta deja de ser qué significa ese objeto.

La pregunta es por qué sigo regresando a él.

Quizá no estoy intentando comprender una práctica.

Quizá estoy intentando comprender una reacción.

Una parte de mí que aparece cuando encuentro ciertas imágenes.

Ciertas palabras.

Ciertas ideas.

No sé qué significa todavía.

Y quizá esa incertidumbre es precisamente lo que me mantiene aquí.

La taza sigue fría.

La habitación sigue igual.

La pantalla sigue iluminando la oscuridad.

Y yo sigo diciendo que solo tengo curiosidad.

Aunque cada vez me cuesta más creer que sea únicamente eso.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…