El Peso de la Eternidad: Diario de un Soporte en Transmutación Mineral

No creo que me guste ser sumiso.

Si alguien me preguntara directamente, probablemente diría que no.

Demasiadas cosas se vuelven pequeñas.

Demasiadas cosas dejan de pertenecerme.

Y sin embargo hay momentos ridículos.

Momentos que no tienen ninguna importancia.

Momentos que vuelven.

Estoy en una cola del supermercado.

Alguien delante de mí deja el carro atravesado.

Nada especial.

Pero de repente recuerdo la sensación de esperar una orden que nunca llegaba.

No la orden.

La espera.

Eso es lo que vuelve.

La espera.

Y me molesta que vuelva.

Porque no estaba pensando en eso.

Estaba intentando decidir entre dos marcas de café.

Pero ahí está otra vez.

Como una canción escuchada desde otro apartamento.

No sé cuándo empezó exactamente.

Creo que al principio era más fácil identificarlo.

Ahora aparece escondido dentro de cosas pequeñas.

La sombra rectangular de una puerta entreabierta.

Una silla vacía.

El sonido de unos pasos alejándose por un pasillo.

A veces una notificación que no llega.

Eso es lo peor.

Las ausencias.

No las presencias.

Pensé que lo difícil sería soportar el peso del proceso.

No.

Lo difícil es descubrir cuánto espacio ocupa después.

Porque incluso cuando no estoy allí sigo reorganizando cosas alrededor de él.

No conscientemente.

Eso sería más sencillo.

Ocurre solo.

Como si alguna parte de mi cabeza hubiera aprendido una forma distinta de ordenar los muebles.

Hay detalles absurdos.

La forma en que miro el reloj cuando estoy esperando algo.

La manera en que dejo una conversación abierta unos segundos más antes de cerrarla.

La costumbre de permanecer quieto cuando ya podría moverme.

No sé por qué hago eso.

Ni siquiera me doy cuenta inmediatamente.

Primero ocurre.

Luego lo noto.

Y después intento convencerme de que no significa nada.

A veces funciona.

A veces no.

Lo más extraño es que no estoy buscando placer.

Ni siquiera cuando pienso en él.

No es eso.

Si fuera placer sería fácil de entender.

Sería una historia sencilla.

Pero no lo es.

Lo que vuelve es algo mucho menos elegante.

La sensación de estar colocado en un sitio concreto.

De no tener que decidir durante un instante.

De existir únicamente como presencia.

Eso debería preocuparme más.

De verdad.

Porque hay una parte de mí que se rebela contra esa idea.

Una parte que sigue insistiendo en que debería querer otra cosa.

Y quizá la quiere.

Probablemente la quiere.

Pero entonces recuerdo algo insignificante.

La forma en que una vez permanecí sentado observando una esquina de la habitación durante varios minutos.

No porque hubiera nada interesante allí.

Había una pequeña marca en la pintura.

Apenas visible.

Eso era todo.

Y aun así no quería mirar otra cosa.

No porque estuviera obligado.

Sino porque ya no necesitaba elegir.

Pienso mucho en eso.

Más de lo que debería.

Es una tontería.

Pero sigo recordando aquella marca en la pared.

No el día.

No la conversación.

No las palabras.

Solo la marca.

Y la sensación de permanecer.

Nada más.

Simplemente permanecer.

El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…