No debería estar leyendo esto otra vez.
Eso es lo primero que he pensado.
No porque me parezca horrible.
Eso sería más fácil.
Lo incómodo es que ya sé lo que pone.
Ya lo había leído ayer.
Y antes de ayer.
Y la semana pasada.
Aun así he vuelto.
No buscaba nada concreto.
O eso me digo.
He abierto el libro por una página cualquiera.
Luego otra.
Luego otra.
Como quien toca una herida para comprobar si sigue ahí.
Lo que me da vergüenza no es el contenido.
Es la frecuencia.
Empiezo a reconocer fragmentos.
Frases enteras.
Sé qué párrafo viene después.
Sé qué imagen aparece en la página siguiente.
Y aun así sigo avanzando como si esperara encontrar algo nuevo.
Hace unos días pensé que estaba investigando.
Eso sonaba razonable.
Una curiosidad intelectual.
Una exploración.
Algo externo a mí.
Ahora ya no estoy tan seguro.
Porque he empezado a notar algo raro.
No ocurre mientras leo.
Ocurre antes.
Estoy trabajando.
Cocinando.
Mirando cualquier otra cosa.
Y de repente aparece una idea muy pequeña.
No una fantasía.
No exactamente.
Más bien una especie de impulso.
La sensación de que podría abrir el libro un momento.
Solo un momento.
Para comprobar una cosa.
Nunca sé qué cosa.
Esa es la parte extraña.
Abro la página para buscar una respuesta que todavía no tiene pregunta.
Ayer me descubrí pensando en una escena que ni siquiera me había gustado.
No era la más intensa.
No era la más excitante.
Ni siquiera era especialmente interesante.
Sin embargo seguía ahí.
Dando vueltas.
Como una canción que no has elegido.
Intenté recordar qué tenía de especial.
No encontré nada.
Y aun así seguía regresando.
Creo que eso fue lo que me inquietó.
No la escena.
Mi insistencia.
Porque empecé a sospechar que no estaba volviendo al texto.
Estaba volviendo a la sensación de volver.
Hay una diferencia.
La primera vez lees para descubrir.
La décima lees para comprobar.
Y no sé exactamente cuándo crucé esa frontera.
Lo peor es que empiezo a reconocer el mecanismo mientras ocurre.
Abro una página.
Leo unas líneas.
La cierro.
Me digo que ya está.
Cinco minutos después vuelvo.
No porque haya olvidado algo.
Precisamente porque lo recuerdo.
Como si una parte de mí necesitara verificar que sigue estando ahí.
Y cuanto más lo hago más difícil resulta explicar qué estoy buscando.
Si alguien me preguntara ahora mismo por qué sigo leyendo a Sade, no sabría responder.
Podría inventar respuestas inteligentes.
Hablar de historia.
De literatura.
De filosofía.
Pero ninguna sería verdad.
La verdad es mucho más pequeña.
Y bastante más vergonzosa.
La verdad es que cada vez que cierro el libro siento una especie de hueco.
No un deseo.
No exactamente.
Un hueco.
Como si algo hubiera quedado sin terminar.
Entonces vuelvo.
Leo otra página.
Y el hueco desaparece.
Durante unos minutos.
Solo durante unos minutos.
Empiezo a preguntarme si eso ya estaba ocurriendo antes de que me diera cuenta.
Si la curiosidad fue simplemente la excusa que encontró algo más antiguo.
Algo que ya estaba esperando.
No sé cuándo empezó.
No encuentro el momento exacto.
Hay un espacio vacío en la secuencia.
Un tramo que mi memoria no consigue iluminar.
Sé cuándo compré el libro.
Sé cuándo lo abrí.
Sé cuándo empecé a leer.
Lo que no sé es cuándo empecé a volver.
Y sospecho que esa diferencia es más importante de lo que parece.
Tengo que mover el cuello debería…