Pensaba que lo extraño era la inmovilidad.
Tardé demasiado en darme cuenta de que no era eso.
La grieta estaba en otra parte.
La habitación sigue igual.
La luz cae sobre la pared de cal.
Nada parece haber cambiado.
Y sin embargo hay algo distinto.
No sé cuándo empecé a verlo.
Quizá siempre estuvo ahí.
La superficie tiene un brillo extraño.
No el brillo de la piedra.
Otro.
Como si alguien hubiera pulido algo que no debería poder pulirse.
La taza sigue donde estaba.
La toco.
Fría.
Eso no significa nada.
O debería no significar nada.
Pero sigo tocándola.
Como si estuviera comprobando algo.
No sé qué.
Antes pensaba que la habitación era el recinto.
Ahora no estoy seguro.
Hay momentos en los que parece que el recinto está en otra parte.
En algo más pequeño.
Más cercano.
El cuello.
Lo noto.
No porque duela.
Porque aparece.
Como una marca.
Como una línea grabada donde antes no había nada.
Tengo que moverlo.
Lo pienso.
Espero.
Nada.
La espera dura más de lo que debería.
Y durante un segundo me doy cuenta de algo incómodo.
No estoy esperando mover el cuello.
Estoy esperando sentir que la decisión me pertenece.
La luz sigue cayendo sobre la pared.
La taza sigue fría.
Hay una grieta cerca del borde del yeso.
No recuerdo haberla visto antes.
Eso no significa que no estuviera.
Solo significa que ahora la veo.
Y cuanto más la miro, menos seguro estoy de que la grieta esté en la pared.
La palabra que me viene es «estructura».
La descarto.
Después vuelve.
No sé por qué.
Hay algo cuidadosamente construido aquí.
Algo preciso.
Algo que parece antiguo.
Y lo extraño es que no sé si estoy observándolo.
O si lleva tiempo observándome a mí.
Tengo que mover el cuello.
Lo pienso otra vez.
Esta vez la sensación llega.
Pero no es la sensación correcta.
La taza sigue fría.
La grieta sigue ahí.
Y por primera vez no estoy completamente seguro de cuál de las dos apareció primero.
Tengo que mover el cuello no hay cuello…